24. Reencuentros

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Antes de aterrizar, divisamos desde las alturas la camioneta negra de la compañía, estacionada y lista a un costado de la pista para trasladarnos al primer día de construcción. Papá nunca faltaba a una inauguración de obra, y mucho menos si se trataba de proyectos tan significativos y personales como este. En su oficina guardaba cientos de fotografías de momentos idénticos: rodeado de clientes satisfechos y estrechando las manos de sus queridos trabajadores. Le apasionaba preparar breves discursos para motivar al equipo de campo; decía que un obrero que comprende la magnitud de lo que edifica trabaja con el alma, no solo con las manos.

El atuendo que Blake me había comprado en Manhattan resultó ser una elección magistral para la ocasión. Llevaba unos pantalones de cintura alta con un sutil estampado de cuadros microscópicos en blanco y negro que, a la distancia, daban la ilusión de un gris Oxford impecable; una camisa blanca de algodón egipcio, una pequeña pañoleta de seda anudada al cuello para protegerme de las ráfagas heladas, un abrigo de lana color rojo vibrante y botines de piel con tacón ancho. Parecía que Blake hubiera previsto con precisión milimétrica el temperamento del clima y la inestabilidad del terreno cubierto de grava.

El sitio de la obra era imponente. Nunca antes había estado allí; solo lo conocía a través de renders tridimensionales, planos técnicos de cimentación y capturas satelitales. Sentir la estructura vieja crujir bajo mis botas e imaginar la maravilla arquitectónica que se alzaría en unos meses me provocó una oleada de felicidad pura. Solo estando frente al esqueleto del proyecto pude asimilar por qué papá volcaba toda su existencia en la compañía.

Deseaba con fervor que llegara el día en que yo también pudiera entregarlo todo. Estudiar planos estructurales hasta la madrugada, empolvarme los zapatos de diseñador, usar un pesado casco amarillo que arruinaría cualquier peinado, consumir litros de café negro y liderar reuniones sobre mesas improvisadas con tablones de madera... De solo pensarlo, un hormigueo eléctrico me recorrió el estómago.

La mañana nos regaló un cielo despejado y fresco, donde el sol invernal presumía unos rayos dorados que se reflejaban en el metal de las grúas. Un pequeño grupo de reporteros de la prensa local acudió a cubrir el evento, asegurándole a papá una nota principal en la sección de negocios por la cual sentirse legítimamente orgulloso.

Tras las fotografías oficiales con el equipo directivo y las cuadrillas de operarios, nos dedicamos a supervisar el despliegue de la maquinaria pesada. Conversamos con el director de obra para establecer canales de comunicación directa tanto con las oficinas centrales como con Rick y Joshua.

Aproveché el momento en que Joshua se apartó del grupo para atender una llamada telefónica. En cuanto colgó, me acerqué con paso firme y una sonrisa cálida.

—Oye, tengo algo para ti... —le anuncié, deteniéndome a su lado.

Joshua se guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta y arqueó una ceja, divertido.

—No me digas que es una invitación a una cita, Edevane.

Sonreí de lado, pero mantuve mi postura. Odiaba apagarle la chispa del momento, pero alguien me esperaba en New Haven y no tenía la menor intención de enviar señales equivocadas a Joshua si sabía que él no era el indicado.

—No. Es algo mucho mejor, créeme.

Abrí mi bolso de piel y extraje una libreta de bocetos de lomo gastado. Estaba un poco abultada, repleta de hojas dobladas, anotaciones en los márgenes y con menos de la mitad de sus páginas en blanco. Le había colocado un lazo rojo en el centro a modo de obsequio. Se la extendí y él la aceptó con una delicadeza que no esperaba de un ingeniero.

Todo lo que buscaba Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora