5. Comida de Negocios

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Al salir de la clase de Milo, me sentía una persona completamente diferente. El torbellino de emociones de la mañana se había transformado en una energía vibrante; era como si, al poner un plano y un estilógrafo en mis manos, tuviera el poder de moldear el mundo a mi antojo.

La despedida con Jacob fue rápida y sencilla; él tenía junta con el club de teatro y yo debía correr contra el reloj para llegar a Hartford. Caminé a paso apresurado hacia el estacionamiento del campus y, en cuanto subí a mi camioneta, lo primero que hice fue tirar los tenis blancos para calzarme las zapatillas de tacón de aguja que ya me esperaban listas en la cajuela.

Encendí el motor, subí el volumen del estéreo a todo pulmón con algo de Radiohead para concentrarme y arranqué. En los escasos semáforos rojos del trayecto, saqué mi estuche de cosméticos de emergencia; retocarme el maquillaje era fundamental. Con un poco de paciencia, rímel y corrector, logré borrar cualquier rastro de mi momento vulnerable con Milo Danes hasta asegurarme de no parecer una cría asustada. La adrenalina por la junta con papá, sumada al viento frío de Connecticut que se filtraba por la ventana, terminó por evaporar por completo el amargo encuentro de la mañana.

La verdad es que yo no me consideraba una persona caprichosa o demasiado exigente con los chicos, pero no podía negar que los analizaba minuciosamente antes de acceder a una cita casual. Cuando llevas el apellido Edevane, aprendes pronto que no puedes confiar en cualquiera. En el fondo de mi corazón, detrás de la fachada de la estudiante brillante y la estratega ocupada, deseaba una relación estable con alguien maduro, detallista, cariñoso y divertido. Alguien que fuera un refugio del exterior; alguien que estuviera verdaderamente para mí.

Había tenido oportunidades, no lo negaba. Pero lamentablemente, la que siempre fallaba en las relaciones era yo. Con tantas ambiciones y proyectos en mi vida, el tiempo libre era un lujo que no poseía, y ellos terminaban cansándose de esperar. A veces deseaba tener el superpoder de dividirme en varias Alessas para cumplir con las expectativas de todos.

Ya más relajada, estacioné la camioneta frente al restaurante en Hartford. Desde el exterior se respiraba una atmósfera de exclusividad absoluta. Le entregué las llaves al valet, subí la escalinata de piedra y crucé el umbral. Estaba a punto de dar el nombre de mi padre en la recepción cuando lo vi; ya me esperaba. Al notar mi presencia, se puso de pie con una sonrisa y me hizo una seña con la mano. Caminé con paso elegante y seguro hacia él, y nos fundimos en un tierno abrazo.

Papá me tomó de las mejillas y me llenó la cara de besos, haciéndome cosquillas con su barba. Yo no paraba de reír, moviendo el rostro para esquivarlo. No lo veía desde hacía tres semanas y siempre exageraba con sus saludos. Noté que un par de señoras en la mesa de al lado abrieron los ojos de par en par, escandalizadas; seguramente asumiendo que yo era su novia joven o una amante. Christopher Edevane se mantenía sumamente joven, guapo y, gracias a los impecables consejos de moda de Blake, vestía con un estilo sofisticado que le restaba varios años.

Jaló la silla para mí y luego se acomodó en la suya. —Estás espléndida, querida. Me da muchísimo gusto verte. Solo fueron tres semanas, pero siento que frente a mí tengo a toda una mujer —dijo, tomando mi mano para darle un beso cariñoso. —A mí también me encanta verte. Ese viaje tuyo a México apenas nos dejó tiempo para un par de videollamadas. Te necesité en mi primer día de clases —le reclamé con un tierno mohín infantil. —Lo sé, lo lamento, mi cielo. Pero ya estoy aquí, maravillado de ver que cada día te pareces más a tu madre —me acarició la mejilla con dulzura—. Además, me informaron en la compañía que quieres implementar algunas ideas nuevas en los proyectos. Eso me demuestra tu gran corazón y tu capacidad de actuar sin importar que vayas contra la corriente. Eres firme a tus principios, Alessa, y si sigues así, nunca fallarás.

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