Le agradecí al conductor de Uber con una propina generosa por haber sorteado el tráfico tan rápido. Quedaban apenas unos minutos antes de las seis de la tarde, un margen de maniobra que utilicé para correr al tocador de la entrada y estabilizar mi aspecto. Frente al espejo, intenté domar mi cabello, que lucía ligeramente mojado y encrespado por la llovizna exterior; supuse que las reglas de etiqueta de un taller gastronómico no veían con buenos ojos las melenas rebeldes y sueltas. Una vez presentable, me acerqué al mostrador principal. Los chicos de la recepción, con una amabilidad impecable, me señalaron el pasillo que conducía al aula de alta cocina francesa.
Al cruzar el umbral, me encontré con un santuario reluciente. Pequeñas estaciones de trabajo de acero inoxidable estaban distribuidas con simetría por todo el lugar; cada una equipada con dos secciones de quemadores de gas, una pequeña tarja central pulida y un arsenal básico de utensilios.
Al fondo, una mujer vestía una filipina de un blanco tan pulcro que encandilaba, coronada por un sombrero alto de chef. Intuyendo que se trataba de la instructora, aspiré una bocanada de aire para calmar mis nervios y caminé hacia ella. Me sentía exactamente como la niña nueva de la escuela en su primer día de clases.
—Hola, buenas tardes. Me llamo Alessa Edevane y estoy inscrita para la sesión de hoy —saludé, entrelazando las manos por delante.
—Hola, Alessa. Me llamo Grace, soy la chef ejecutiva encargada del taller. ¿Es tu primera vez cocinando con nosotros? —preguntó, evaluándome con una mirada analítica pero cálida.
—Sí... ¿tanto se me nota? —inquirí, esbozando una sonrisa apenada.
—No te preocupes por eso. Absolutamente todos los que estamos en este recinto, incluyéndome a mí, comenzamos en el mismo punto de partida —me tranquilizó con voz pausada—. Espero de corazón que disfrutes la experiencia y que llenemos tus expectativas. Por cierto, ¿trajiste los materiales obligatorios que se especificaron en el correo de confirmación?
Me quedé helada. Mis ojos se abrieron un poco más de lo normal mientras asimilaba la pregunta. ¿Acaso no era evidente que casi había tenido que teletransportarme para llegar a tiempo? Lo más probable era que la dichosa lista de requisitos hubiera ido a parar al correo corporativo de la compañía o a la bandeja de Mackenzie. Negué con la cabeza sutilmente, encogiendo los hombros con el temor infundado de ganarme un regaño en los primeros cinco minutos; sin embargo, Grace, a pesar de poseer facciones angulosas y una estructura severa que sugería rigidez, demostró una paciencia infinita.
—Entiendo. Mira, aquí te puedo facilitar algunas cosas básicas, pero por estricta higiene y seguridad, todos en la cocina deben portar un mandil reglamentario y su propio juego de cuchillos. Si no cuentas con ellos, justo en la planta baja hay una boutique especializada donde los distribuyen; tienen opciones para todos los presupuestos y gustos.
—Claro, voy de inmediato —respondí.
Eché un vistazo rápido a mi alrededor y comprobé que mis compañeros de clase ya ostentaban filipinas de colores vistosos o mandiles de gabardina; algunos, con un aire innegable de pretensión, desplegaban sobre el acero estuches enrollables de cuero que exhibían hojas de metal de diversas formas y tamaños intimidantes.
—No me tardo nada, vuelvo en un par de minutos.
—Descuide, señorita Edevane. Como veo que es su debut, le voy a reservar la mejor estación de trabajo, justo aquí al frente.
—¡Muchas gracias! —le grité ya desde el pasillo, girando sobre mis talones.
Descendí las escaleras a toda prisa. Al aproximarme a la recepción, recordé con alivio haber visto una fachada de cristal iluminada al momento de ingresar al edificio. Era la tienda. Al cruzar la puerta de la boutique, me quedé maravillada; albergaba tantos artilugios hermosos, relucientes y curiosos que por un instante deseé sabotear mi propia clase solo para dedicarme a comprar. Sabía perfectamente que la mayoría de esos utensilios profesionales resultarían inservibles y estorbosos en mi pequeño dormitorio universitario, pero visualizarlos en la enorme cocina de la residencia de mi padre era otra historia.
ESTÁS LEYENDO
Todo lo que buscaba
Romansa¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
