40. Perderlo todo...

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Me desperté a tiempo para contemplar la serenidad de la ciudad a medianoche. Era una postal bellísima, pero lo era aún más si desviaba la mirada hacia el asiento del conductor. Charles conducía con una delgada y perfecta sonrisa dibujada en los labios. Analicé su perfil: la nariz fina, los ojos de un verde increíblemente magnético, el cabello color chocolate y la piel ligeramente bronceada; era evidente que las caminatas por la playa durante esos días de voluntariado habían dejado su huella.

Al aproximarnos al edificio de mi padre, le pedí que se detuviera un poco antes y le aseguré que yo misma bajaría mi equipaje. No deseaba que el portero del complejo lo viera ni, en el peor de los escenarios, que mi padre estuviera vigilando los monitores de las cámaras de seguridad.

Antes de abrir la portezuela de la camioneta, me dejé impregnar por un beso profundo y pausado, un beso cuyo efecto esperaba que me escoltara y me diera fuerzas durante los próximos dos días. Acaricié rápidamente a Cinna, quien se quedaría bajo el cuidado de Charles por un tiempo, y me bajé. Observé el vehículo alejarse paulatinamente hasta perderse en la avenida.

El ascenso de doce pisos en el elevador apenas me concedió el tiempo suficiente para resguardar todo ese amor en un rincón exclusivo de mi interior. Necesitaba cruzar el umbral con la mente fría; debía estar lista para lo que fuera. Antes de llamar a la puerta, respiré hondo varias veces. Me era imperativo repasar mentalmente el libreto de la hija ejemplar y dejar en pausa, al menos por el momento, el de la novia perdidamente enamorada.

Apenas apoyaba parte del equipaje en el suelo para buscar el timbre, la puerta se abrió de golpe. Sonreí con amargura interna: mi padre, en efecto, vigilaba las cámaras de seguridad y debió notar la lentitud calculada con la que avancé por el pasillo. De no haber sido por la profunda angustia que ensombrecía sus facciones, habría detectado mi expresión soñadora en un segundo. Sin embargo, lucía tan desencajado que, en cuanto lo vi, solté las maletas y me refugié en sus brazos.

—Hija, qué alivio que pudieras adelantar el viaje. Aunque el panorama no sea el mejor, me alegra enormemente verte —pronunció con un hilo de voz, manteniendo la mirada vagamente extraviada.

—Papá, siempre voy a estar aquí para ti. No lo olvides jamás.

Me depositó un tierno beso en la frente, tomó mis pertenencias y entramos. Dejó el equipaje al pie de la escalera y lo seguí con paso silencioso hasta la cocina.

—Ven, te prepararé un café... —murmuró con la cabeza baja mientras introducía una cápsula en la máquina. Noté que el contenedor acumulaba varias cápsulas sucias, lo que delataba que había estado consumiendo expresos cargados para mantenerse en pie. Le costaba trabajo articular palabra, así que decidí romper el hielo.

—Oye, papi... ¿te he dicho últimamente lo orgullosa que estoy de ti? Eres un arquitecto brillante, pero, por encima de eso, un ser humano excepcional. En verdad eres mi héroe.

Me coloqué frente a él y le di un beso en la mejilla. Ignoraba la magnitud del problema que lo atormentaba, pero sabía bien que nunca está de más recordarle a alguien sus propias virtudes cuando está a punto de quebrarse. Él levantó la cabeza, esbozó un sutil mohín con los labios como si pretendiera hablar, pero prefirió guardar silencio y se limitó a entregarme la taza. Tras darle un par de tragos a su propio café, finalmente confesó lo que guardaba:

—Hija, solo espero que sigas pensando lo mismo de mí cuando te enteres de que estamos a punto de perder una parte sustancial de los activos de la empresa —soltó al fin, liberando con una profunda melancolía el nudo que lo asfixiaba.

Me resultó imposible ocultar el impacto que me causaron sus palabras. Una noticia tan devastadora me congeló la sangre, pero mi padre ya se encontraba completamente neutralizado por la crisis. Si pretendíamos salir de ese agujero, al menos uno de los dos debía mantener la templaza. Inhalé aire con fuerza, obligándome a asumir que se trataba de un obstáculo superable, y encarné lo que él requería con urgencia: esperanza.

Todo lo que buscaba Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora