—¡Pi-pi-pi-pi!
—¿En serio, Cece? ¿Tenías que programar el despertador tan temprano?
—Lo siento, Ales, es una pequeña venganza por los años y años que llevas despertándome de madrugada.
Cece estaba sentada en el borde de mi cama, sosteniendo el reloj a escasos centímetros de mi cabeza.
—Lo hice por tu bien —le balbuceé enojada, intentando alejarla con torpes manotazos.
—Pues yo también te estoy despertando por tu bien... ¡Hoy es la GRADUACIÓN! —Se dejó caer sobre mi colchón y pataleó de la emoción. Me abrazó con tanta energía que terminamos riéndonos como dos locas recién escapadas del manicomio.
El día tan esperado por fin había llegado.
No sé qué recordaría más de esa mañana, si lo especial del momento o el hecho de que Cece se había levantado antes que yo. Fui la última en ducharme y quedar lista. Con la desvelada de la noche anterior —que había valido totalmente la pena—, me costó mantener los ojos abiertos al principio.
Horas después, todas íbamos de un lado a otro del dormitorio modelando nuestras mejores ropas. Aunque cualquier cosa que nos pusiéramos estaría oculta bajo la toga, la sensación previa era única.
Ya estaba lista en bata para no arrugar mi vestido cuando llamaron a la puerta. Era un repartidor que traía un enorme florero con lirios violetas. Tuvo que dejarlo en el suelo de lo pesado que resultaba el jarrón de cerámica. Cece estaba impaciente por que la leyera en voz alta, preferí reservarme su contenido. Me encerré en la habitación, abrí el sobre y leí:
Lamento no poder estar a tu lado hoy. Aun así, compartiré tu dicha desde la distancia. Solo unos días más y pronto seremos solo tú y yo.
Con amor, Charles.
La noche anterior ya me había advertido que el rector le había exigido estar en el podio con los demás directivos y que luego tendría compromisos institucionales con las fraternidades. Obviamente le aseguré que lo entendía y que no me molestaba en absoluto; al contrario, me enternecía pensar que Charles tendría un pie dentro y el resto del cuerpo fuera, listo para echar a correr hacia mí en cualquier momento. En verdad esperaba divisarlo de lejos... Me bastaba con mirarlo un segundo para asegurar un gran día.
Los chicos llegaron al poco rato a nuestra habitación para que les ayudáramos con el corbatín y les aplicáramos un ligero toque de maquillaje sobre algunos granitos casi invisibles. En cuanto estuvimos listos, corrimos hacia el punto donde nos entregarían las togas y los birretes, y nos asignarían nuestras posiciones.
Nos detuvimos a posar en varios rincones del campus. Algunas fotos salieron de lo más serias y otras resultaron sumamente divertidas; incluso hubo una en la que los chicos nos cargaron como si fuéramos costales, dándonos vueltas por la pura emoción. Le atribuiría toda la culpa a la toga por las arrugas de mi vestido cuando la abuela me inspeccionara más tarde.
Al llegar al punto de reunión masivo, nos despedimos y nos unimos a nuestros respectivos grupos. Jacob y yo éramos los únicos del grupo que nos graduaríamos juntos.
Para poder acceder al gran jardín donde se había dispuesto el podio de los directivos y la infinidad de sillas para los asistentes, todos los graduados formamos una gigantesca fila que parecía un mar de manteles negros. Al dar la hora, comenzó el desfile seccionado por cada facultad de la universidad. Desde la distancia se escuchaba el estruendoso barullo de la multitud emocionada. Hasta ese momento caí en la cuenta de la gran cantidad de jóvenes que, junto conmigo, recordarían este día por el resto de sus vidas, personas a las que ni siquiera conocía y que jamás volvería a ver.
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Todo lo que buscaba
Roman d'amour¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
