¿Cómo están? ¿Listos para seguir en esta historia?
Los dejo disfrutar.
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Poseerlo todo, no siempre significa satisfacción absoluta, siempre habrá algo que te hará sentir un incómodo hueco en el interior.
Le miraba y le miraba, pero no lograba descifrar qué era lo nuevo en él. Definitivamente había algo diferente, una energía distinta que flotaba a su alrededor, pero las casi dos horas de clase no me fueron suficientes para adivinar el cambio exacto que se había hecho.
Sin duda, le favorecía enormemente que hoy no llevara puesta la típica expresión de profesor estricto e inalcanzable. O quizás... quizás era porque su fina sonrisa se apreciaba mucho mejor sin tanta densidad de vello. ¡Qué tonta! Ahí estaba la respuesta. Hoy se había rebajado el volumen de la barba clara, perfilándola con precisión milimétrica, y también se había recortado y peinado con mucho más esmero el cabello, que brillaba con un profundo tono color chocolate bajo las lámparas del aula.
Sentí un ligero vuelco en el estómago y me apené conmigo misma al admitir, en el secreto de mis pensamientos, que el señor Richmond podía ser un hombre bastante atractivo, interesante y peligrosamente magnético.
—Chicos, para la próxima semana quiero el siguiente libro leído por completo —anunció Charles, apoyando las palmas sobre el escritorio mientras recorría el salón con la mirada—. Vamos a organizar un pequeño juicio o un debate, si así lo quieren ver. Los quiero bien preparados. Bien... ya pueden retirarse.
El señor Richmond concluyó la frase regalándonos una sonrisa muy amplia, una que pareció detenerse un milisegundo extra en mis ojos antes de que yo bajara la cabeza para guardar mis cuadernos.
Salimos al pasillo, donde el murmullo de los estudiantes inundaba el ambiente. Jacob caminaba a mi lado con los hombros caídos y el ceño fruncido.
—No puedo creer que hayan preferido salir con este señor que conmigo —rezongó, lanzándole una mala mirada a la puerta cerrada del salón a nuestras espaldas.
Se le veía un poco ofendido, cruzando los brazos sobre el pecho. Aunque en el fondo, yo sabía muy bien que él no era un tipo rencoroso. Las cenas en el restaurante japonés eran de sus favoritas; adoraba presumirnos su gran habilidad para manipular los palillos de madera sin tirar un solo grano de arroz.
—Bueno, tú también dejaste al equipo incompleto el fin de semana pasado —le recordé, dándole un suave empujón con el hombro y dedicándole una sonrisa de broma.
—Es mejor incompleto que mal acompañado —replicó él, ladeando la cabeza con un suspiro—. Ese señor no me da buena espina, Alessa. No me da confianza.
—¡A ti nadie te da confianza, Jacob! —me burlé, suelta de risa—. De hecho, es un absoluto milagro que estés aquí hablando conmigo sin tener el gas pimienta bajo la manga, listo para usarlo. —Le acusé apuntándolo con el dedo.
Jacob rodó los ojos y soltó una risita derrotada, haciendo un ademán con la mano para darse por vencido. —Bueno, bueno... ya entendí. ¿Me vas a acompañar a mi primer ensayo o te vas a quedar aquí defendiendo al profesorado? —Me miró con ojos suplicantes.
—Mmm, no lo sé... tal vez... la verdad es que... —Alargué las vocales, adorando la oportunidad de agotar su frágil paciencia.
—¡Alessa, dime si sí o si no! —me sentenció, aunque una sonrisa delataba que intentaba parecer molesto de mentira.
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Todo lo que buscaba
Romansa¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
