45. Mudanza

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¿Ya extrañaban nuevos capítulos? Yo si... Disfruten. 

—¿De qué van a querer su malteada? —nos preguntó Kenzo, con una mano en la licuadora y la otra sosteniendo un enorme bote de proteína.

Todos le pusimos mala cara; aunque, a decir verdad, cualquiera que despierte un sábado a las seis de la mañana reaccionaría igual.

—Yo no quiero esa cosa rara —protestó Cece con voz de niña pequeña, escondiendo el rostro dentro de su sudadera holgada.

—A mí mi doctor me prohibió consumir polvos extraños —declaró Michel con desdén.

—Michel, a ti te prohibieron consumir cualquier tipo de polvo —le reviró Jacob con burla.

—Con mayor razón. No puedo desayunar solo una malteada. —Michel hizo un mohín, caminó hacia el sofá y se sentó de lo más plácido, como si estuviera tomando el sol en la playa.

—A ver, a ver, que esto no es un restaurante —advirtió Kenzo—. Hay sabor vainilla o chocolate, ¿cuál quieren? Ah, y si se tardan en elegir les pongo un huevo crudo para mayor efecto...

Enarcó una ceja y nos lanzó una mirada tan amenazante que nos acercamos de inmediato a su "rinconcito de nutrición".

—¡Yo chocolate! 

—¡Yo vainilla, vainilla! 

—Yo quiero una mezcla de ambas, a ver qué tal sabe.

Sabía peor de lo que se veía. La malteada resultó ser una mezcla espesa apenas pintada de color café. Kenzo nos aseguró que con eso no nos daría hambre en todo el día, y tenía razón: lo que nos dio fue un severo malestar estomacal.

Habíamos planeado dedicar el sábado entero a pintar nuestro nuevo departamento para empezar la mudanza el domingo. Nos pusimos nuestras ropas más viejas y descuidadas; calculábamos que en unas quince horas terminaríamos todo el lugar entre los cinco. Kenzo y Jacob, al ser los más altos, se encargaron de pintar los techos de blanco; Michel y Cece, como los más desesperados, se dedicaron a las paredes de las habitaciones, y yo me encargué de los espacios más pequeños de la cocina y la sala, que requerían mayor precisión.

Lo que más disfrutamos fueron las eternas horas de karaoke. Claro que no siempre coincidíamos en los gustos musicales, pero nos turnábamos para que todos tuvieran su momento de gloria. Desde nuestros respectivos espacios seguíamos platicando de todo. No sé de dónde sacábamos tantos temas diferentes, pero todas las historias resultaban disparatadas e interesantes al mismo tiempo.

El día se nos fue volando, lo cual era una excelente señal de que jamás nos aburriríamos viviendo juntos. Bueno, de hecho, la dinámica de pintar con brocha gorda nunca me pareció aburrida; supongo que es parte de mi lado artístico. Nada que ver con el pobre de Michel, quien se quedó dormido en el cuarto de baño apoyado contra la pared recién pintada; ahora parecía que llevaba puesta la máscara del Fantasma de la Ópera.

Al terminar nuestra maratónica jornada de pintura, organizamos una exhaustiva cata de pizza para elegir la mejor de la zona y convertirla en nuestra proveedora oficial.

—Yo creo que la mejor es la de Luigi's —opinó Kenzo, devorando su octava rebanada repleta de todo tipo de embutidos.

—Pero su masa no es tan fina ni está tan bien horneada como la de Pizzalopolis —debatió Michel, el único del grupo con un paladar refinado.

—Yo acepto cualquiera que venga con toneladas de queso —les confesé, dándole el último mordisco a mi sexta rebanada, ahogada en salsa cátsup.

—No puedo creer que tu novio te vaya a llevar a Italia, no te lo mereces —dijo Jacob, sacudiendo la cabeza como si yo fuera un caso perdido.

Todo lo que buscaba Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora