Tiempo después, solo quedaban dos mesas ocupadas por clientes que no parecían tener ninguna prisa por irse; sinceramente, yo tampoco me habría marchado de estar en un lugar tan cálido y acogedor como aquel.
Me encontraba sentada tomando un delicioso té de mango con Maggie mientras probábamos una nueva receta de galletas que Bill acababa de sacar del horno: eran de limón con un toque de cardamomo. Una delicia.
—En cuanto levantes esas mesas, ya puedes irte a descansar —se sinceró Maggie, dándole un sorbo corto a su taza—. Hiciste un trabajo fantástico, Ales. Eres muy ágil; nadie creería que esta es tu primera vez atendiendo un negocio.
—Supongo que el mérito es del lugar —respondí, regalándole una sonrisa sincera—. Disfruté muchísimo la tarde con ustedes.
—Amor, creo que hay alguien afuera —interrumpió Bill, asomándose por la pequeña ventanilla de la cocina con la mirada fija en la terraza.
Solté un suspiro dramático pero divertido.
—Solo una, Maggie. ¡Una más y nos vamos! —me levanté, dispuesta a atender al último cliente que acababa de sentarse en la mesa exterior.
Caminé con el cansancio pasándome factura en las piernas. Sin mirar directamente a la persona, saqué de forma automática la libreta y el bolígrafo del bolsillo de mi mandil beige.
—Hola, buenas noches. Llegó justo a tiempo porque estamos a punto de cerrar. ¿Qué desea ordenar? —saludé, intentando modular mi voz para que no se notara el agotamiento.
—Hola, Alessa. Perdón por llegar tan tarde; tuve una junta de última hora en la facultad y quise pasar por Stella antes de venir para presentártela —dijo una voz profundamente varonil y apenada.
Ese tono inconfundible me hizo reaccionar como una descarga eléctrica. Levanté la cabeza de golpe.
—¿Stella? —bajé la mirada de inmediato.
Ahí, sentada elegantemente junto a sus pies, se encontraba una hermosa labrador negra. En la penumbra de la noche, su pelaje oscuro brillaba con destellos azabache bajo la luz de la farola. Menos mal que no había dado un paso más, o la habría pisado.
¿Entonces... Charles si había venido?
Regresé los ojos hacia él. Estaba sentado con esa sonrisa sutil que me desarmaba y sus ojos verdes resplandeciendo en la oscuridad. Era verdad, venía directo de la universidad; aún llevaba la ropa formal de trabajo y los zapatos de vestir, rompiendo el patrón del atuendo relajado con tenis que había usado el día anterior. Se levantó del banquillo de madera para saludarme. Me plantó un tierno beso en la mejilla. El tercero. Bueno, dos y medio, porque este se sentía más como una deliciosa formalidad que me erizó la piel.
Sí había venido. Una parte desconocida y rebelde de mi interior se alegró tanto que me costó un esfuerzo monumental mantener la compostura y ocultar mi entusiasmo.
—Charles, no te hubieras molestado —le reñí con suavidad—. Debiste ir directo a casa a descansar.
—Aunque hubiera querido, esta señorita no me habría perdonado que le saltara su paseo diario —bromeó.
Stella pareció entender perfectamente que hablábamos de ella, porque comenzó a agitar la cola con entusiasmo, golpeando el suelo. Era bellísima; se robaba el corazón al instante. Me incliné a su altura y le tomé una de sus patitas delanteras con delicadeza.
—Hola, señorita. Mucho gusto en conocerte —le hablé imitando esos pequeños sonidos agudos que se le hacen a las mascotas. Ella emitió un suave quejido, como si me estuviera respondiendo. Me pareció una excelente señal.
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Todo lo que buscaba
Romance¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
