Antes que lean sobre este inesperado encuentro, les dejo la canción perfecta para lo que sucederá, puede que sea spoiler, pero por favor escúchela; es hermosa.
Así es, el destino se estaba burlando de mí: había entrado, sin saberlo, a la oficina del señor Richmond. Él estaba sentado tras su escritorio con un fajo de hojas blancas en una mano; en la otra, sostenía sus lentes de lectura, los cuales se había quitado de golpe con la impresión de mi extraña e inesperada visita.
Al ver su expresión de absoluta confusión, quise dar un grito ahogado.
—¡Profesor Richmond! Lo... lo siento mucho —dije tartamudeando, intentando cortar el incómodo silencio provocado por mi intromisión—. Pensé que había entrado al baño de mujeres.
Deseaba con todas mis fuerzas que me tragara la tierra y nunca jamás volver a verlo en mi vida. ¿Cómo era posible que de todos los lugares, oficinas, salones y maestros, hubiera entrado justo en la oficina de un profesor que apenas si me toleraba en clase?
Dejó lo que tenía en las manos sobre su escritorio y, para mi sorpresa, me habló con una actitud mucho más amable y blanda de la que esperaba. Su tono ya no tenía la rigidez de sus conferencias.
—Wow, pensé que solo caía una pequeña llovizna afuera —me dijo con un poco de sarcasmo, señalándome entera pero sin dejar de verme a la cara. Se rio de sí mismo por el comentario y, con un toque más de seriedad pero manteniendo una mirada curiosa, prosiguió: —Por cierto, señorita Edevane... ya sé que esta oficina no es como a las que usted está acostumbrada, no es muy grande ni lujosa; pero por favor, no la compare con un baño.
Tenía cierto encanto para hablar. Sin importar cuán reservado y severo luciera por fuera, su tono de voz ahora se sentía fresco, casi juguetón. De hecho, sentía que en todo él había un ligero cambio; como si al cerrar la puerta del aula hubiera dejado fuera al personaje del profesor huraño.
—No, de verdad yo no quería ofenderle —me apresuré a decir mientras el ojo me palpitaba—. Es solo que me arde muchísimo el ojo y abrí la primera puerta que encontré.
Apenas si podía verle con el ojo sano. Me volví a cubrir el ojo malo con la mano, abochornada, y me giré para salir de su oficina dispuestos a desaparecer, hasta que su amabilidad me detuvo.
—Señorita Edevane, ¿le puedo ayudar en algo? —Su voz sonó extrañamente cercana—. Si gusta le puedo revisar el ojo. No creo haber visto baños de damas en este piso, y si usted apenas puede ver, dudo que lo encuentre rápido.
Giré y me quité la mano que me había puesto como parche para evitar rascarme. Sin duda era una propuesta tentadora, teniendo en cuenta que la otra opción era buscar el sanitario de damas estando completamente tuerta. Él interpretó mi silencio y mi timidez como una negativa, por lo que volvió a insistir, dando un paso hacia mí con un tono mucho más cálido: —Además, los ojos son una parte muy delicada del cuerpo. Si no se atienden a tiempo, el ardor puede empeorar.
Me dedicó una amable y sincera sonrisa a la que simplemente no me pude negar.
—Se lo agradezco. Solo no se asuste, debo estar monstruosa —Le dije intentando aligerar mi propia vergüenza. Estaba segura de que la lluvia y el tocarme tanto el rostro me habían dejado como un mapache. Además, el cabello húmedo y la ropa empapada que se me pegaba al cuerpo eran una imagen muy diferente a la que usualmente él veía en mis clases. No obstante, el dolor y el ardor eran más grandes en ese momento que mi pena.
—No se preocupe, señorita. Solo voy a examinarle el rostro y, créame, he visto cosas peores.
Me señaló una silla frente a su escritorio para que me sentara. Al dar el primer paso, sentí cómo rechinaba el agua estancada dentro de mis botas plastificadas; era como caminar con dos pequeñas piscinas de agua helada en los pies. Mis pasos rechinaron un poco en su piso de madera. Cuando me acomodé en la silla, él se desplazó con naturalidad y se sentó en el borde de su escritorio, quedando a una distancia que aceleró mis latidos. Sacó un impecable pañuelo blanco del bolsillo de su camisa y lo extendió mostrándomelo.
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Todo lo que buscaba
Romance¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
