25. Charles Richmond

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Ahora podrán ver todo lo que ha sucedido desde el punto de vista de alguien muy importante.... Espero les guste.


Charles

Nunca me había considerado un hombre propenso al ejercicio físico o a las rutinas deportivas, pero la cruda realidad me obligaba a aceptar que debía aprovechar los últimos vestigios de una juventud que me permitiera ponerme en forma. Durante los últimos años, mi cuerpo había pasado a un plano irrelevante; supongo que una alimentación medianamente equilibrada y la energía inagotable de Stella me habían dotado de una condición física aceptable sin necesidad de esforzarme.

Sin embargo, las circunstancias habían cambiado drásticamente. Me descubría a mí mismo actuando como un ingenuo universitario que pretendía captar la atención de la alumna más brillante, hermosa e inalcanzable de la clase.

Intentar ponerme a su nivel era un ejercicio de frustración absurdo. Alessa Edevane no era una estudiante cualquiera. Para empezar, era la hija de un viejo compañero de mis años de carrera; pertenecía a un linaje empresarial de peso en el país y, lo que resultaba aún más imperdonable y conflictivo... era mi alumna. Eso sin contar la brecha cronológica: le doblaba la edad.

Era una fruta prohibida en todos los sentidos lógicos y morales posibles.

En mis momentos de mayor lucidez, me cuestionaba seriamente si no estaba sufriendo algún tipo de desvarío psicológico por fijarme en una mujer tan joven. No era una niña, por supuesto; la ley no tipificaría esto como un delito. Pero yo tampoco era un veinteañero con el derecho o la dignidad para cortejarla.

Bastaba con evocar el recuerdo de la primera vez que la vi para que el pulso se me acelerara de tal forma que el bombeo de la sangre me retumbara en los oídos. Fue un accidente. Le di un portazo en la cara. De no haber sido por la reacción unánime de la clase, cuyos ojos se abrieron como platos fijos en el umbral, ni siquiera me habría percatado de su presencia.

Estaba furiosa, y aun así, contenía una belleza desconcertante. Se quejaba con una vehemencia tan orgánica, ignorando deliberadamente que yo estaba a escasa distancia, que por un segundo dudé de la agudeza de mis propios sentidos. Pero cuando giró el rostro y me topé con el azul de sus ojos, quedé anulado. Jamás había contemplado una mirada tan profunda, indescifrable y elocuente. Un solo segundo bastó para asimilar la certeza de que, o encontraba la forma de conocer a esa mujer, o colapsaría internamente.

Al principio estimé que me tomaría meses entablar una conversación casual con ella. Era evidente que Alessa no pertenecía al grupo de mujeres que solían buscar mi atención a pesar del aspecto descuidado y huraño con el que inicié el semestre. No obstante, el destino —o la súbita elocuencia que me nacía al tenerla cerca, pues admito que alteraba mis nervios— se encargó de forzar los encuentros.

Como aquella tarde en mi despacho. Al verla cruzar la puerta, creí por un instante que había desarrollado alguna capacidad de telepatía y que la había convocado con el pensamiento. Acto seguido, culpé a las alucinaciones por la falta de alimento... hasta que ella reaccionó y me dio una explicación. Definitivamente, no era su mejor día.

Pero para mí, fue un acierto absoluto. Tuve que emplear toda mi fuerza de voluntad para sostener una fachada de seriedad y sepultar la sonrisa que me amenazaba los labios; de lo contrario, me habría tomado por un demente y habría huido de allí con el único ojo que le funcionaba en ese momento. No podía apartar la vista de ella. Incluso hecha un desastre, representaba el desastre más estético que existía.

Creo que esa noche marcó el verdadero punto de inflexión. Hablamos despojados de las etiquetas de profesor y alumna; éramos simplemente dos individuos imperfectos intentando descifrar el entorno. Alessa demostró una madurez y una objetividad implacables, ajena a cualquier atisbo de intimidación.

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