A la mañana siguiente, el sonido de unos pasos ligeros me devolvió lentamente a la realidad. Mis ojos se sentían pesados, con los párpados prácticamente sellados por el cansancio de la noche anterior, así que en mi letargo no lograba descifrar si se trataba de forma milagrosa, de Cece. Qué bendición sería poder dormir un par de horas más...
Cuando el eco del agua corriendo en la ducha inundó la habitación, solté un suspiro de pura felicidad, dejándome llevar por el arrullo. Sin embargo, con el cuerpo ya despierto, mi mente se activó en automático. Estaba empezando a repasar mi lista mental de pendientes para el día cuando abrí los ojos de golpe. El techo de madera oscura me golpeó la vista.
No estaba en mi habitación de Yale. No había ninguna Cece dando vueltas por el cuarto.
Antes de que la nube gris de los recuerdos del día anterior lograra instalarse en mi pecho, la puerta del baño se abrió y Jacob salió envuelto en una toalla blanca, frotándose el cabello húmedo mientras silbaba una melodía alegre. Al verme despierta, se detuvo en seco con una sonrisa enorme.
—¡Ales! Qué bueno que ya abriste los ojos. Malas noticias: tenemos que llegar una hora antes a la facultad. La señora Whitehouse adelantó la clase y no acepta retrasos de nadie.
—¡¿Qué?! —me incorporé de un salto, sintiendo cómo el pánico universitario me recorría la espalda. Comencé a buscar mi ropa de ayer con desesperación—. Apenas si me va a dar tiempo de correr a mi dormitorio para cambiarme... Oye, Jacob, ¿no viste mi...?
—¿Tu ropa? Sí, claro. Se la bajé a Julia tempranísimo para que la metiera a la lavadora. Por cierto, Ales, eso de trabajar en la cafetería te va a dejar el clóset entero oliendo a espresso —bromeó, guiñándome un ojo con complicidad antes de sacar una toalla esponjosa y limpia de su armario y tendérmela—. Anda, báñate rápido. Te espero abajo para desayunar.
La ducha fue un torbellino de velocidad, extrañando un poco mi jabón especial pero agradeciendo el agua hirviendo. Al salir, me volví a poner su pijama y descubrí que Jacob apenas estaba abotonándose la camisa. Solté una risita; ahora entendía perfectamente por qué siempre llegaba tarde a las primeras clases.
A cada escalón que bajábamos hacia la planta baja, una oleada de duda me asaltaba. Ambos llevábamos el cabello húmedo y yo vestía su pijama; en cualquier otra casa, aquello habría desatado un escándalo o, al menos, un par de cejas alzadas. De haber sabido que sus sobreprotectoras hermanas y sus egocéntricos esposos no estarían sentados a la mesa, me habría ahorrado los nervios.
El majestuoso comedor de madera solo tenía tres lugares montados y la trona del bebé. Julia, con su habitual calidez, nos explicó entre risas que el resto de la familia había desayunado a la velocidad de la luz para salir corriendo al trabajo; es decir, a supervisar el imperio empresarial del padre de Jacob. Así que, con absoluta tranquilidad, disfrutamos de un tazón de avena con fruta fresca, un omelette de tres quesos perfectamente esponjoso y, por supuesto, un café italiano tan intenso y delicioso que me devolvió el alma al cuerpo.
Cuando subimos a la habitación por nuestras mochilas, me quedé con la boca abierta. Mi ropa ya estaba impecable, limpia y perfectamente planchada sobre la cama tendida de Jacob. ¿En qué momento lo había logrado Julia si se la había pasado desayunando con nosotros y atendiendo al bebé? Era una santa. Mi exigente abuela habría intentado contratarla en ese mismo instante.
Para rematar el rescate, Jacob sacó una de sus cómodas sudaderas y me la puso encima.
—Toma. Para que los buitres de la clase no sospechen que traes la misma playera de ayer —dijo, dándome un golpecito cariñoso en la nariz.
Fue hasta ese trayecto que me percaté de un detalle: todos en clase esperaban ansiosos la llegada de Jacob con su clásica caja de donas. Supongo que antes, al ser yo una más de las que devoraba una dona glaseada sin pensar, me había nublado la vista ante el tierno ritual que mi amigo mantenía con el grupo.
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Todo lo que buscaba
Romance¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
