34. La loca de los globos

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Vienen emociones fuertes e inesperadas... ¡prepárense!


Era sábado por la noche y estaba en casa de Charles, revisando en la computadora las propuestas de remodelación para su cocina. De las cinco opciones posibles, dos le llamaban poderosamente la atención. Una más que otra; sin embargo, el costo total no terminaba de convencerlo. Le recordé que a mí me otorgaban un increíble descuento de empleada en la firma para animarlo a aceptar mi propuesta de que me pagara después; el problema era que Charles poseía una aguda intuición y presentía, correctamente, que jamás le cobraría un solo centavo.

—Bueno, Charles, yo te sugiero estas lámparas alargadas de cristal transparente, como esferas flotantes. Le darían a la isla un aspecto de comedor moderno y funcional para varias ocasiones —insistí, intentando por todos los medios que aceptara la opción más sofisticada y vanguardista que tanta falta le hacía a su casa.

—Parecen más bien decoraciones surrealistas —comentó él, no muy convencido, mientras analizábamos el listado de mobiliario y electrodomésticos que se instalarían—. Además, si no quedan lo suficientemente altas, temo que voy a chocar con ellas a cada momento.

—No te preocupes por eso. Cuando vengan a instalarlas, les indicas a qué altura las deseas y listo. Te aseguro que no pondrán nada que no te guste al cien por ciento.

—¿Y si no estoy presente cuando vengan a instalarlas? —cuestionó, buscando cualquier traba.

—Entonces diles que te esperen para más tarde o para el día siguiente.

—¿Y si tampoco estoy al día siguiente?

—¿Y por qué no estarías? —le pregunté, entornando los ojos con sospecha—. ¿Acaso planeas irte de fiesta por ahí mientras yo no esté en la ciudad?

—Mmm... —Charles desvió la mirada, tomándose demasiado tiempo para maquinar una excusa.

—Ya, dime... —le exigí con el ceño fruncido, cruzándome de brazos.

—Bueno, en realidad pensaba salir unos días para asistir a una junta de negocios en Baltimore.

—¿Baltimore? ¿Negocios? Pero si eso queda muy cerca de donde yo estaré con mi grupo.

—¿En serio? ¿Allí estarás? —fingió incredulidad solo para hacerme desesperar. ¿Es que no se daba cuenta de que acababa de alterar por completo todo mi ser con esa maravillosa coincidencia?—. Tal vez, si el destino lo permite, nos podamos ver por allá...

Estaba ansiosa, feliz y completamente desarmada por este hombre. Triunfante por haber logrado su objetivo de sacarme de quicio, Charles me tomó por la cintura y me atrajo hacia él para sellar una disculpa con un beso. Al principio intenté resistirme, pero sus labios eran tan deliciosos y alucinantes que me resultó imposible negarme a uno, o a muchos de ellos.

Minutos más tarde, con una mano apoyada en la manija de mi camioneta y la otra enredada en el cuello de Charles, me despedía de él de forma prolongada, dejándole los labios marcados como una promesa hasta que nos volviéramos a ver la próxima semana en Baltimore. Desde que me había dado la noticia, no dejaba de imaginar todo lo que podríamos hacer juntos allá; sentía que las piernas se me derretían por la anticipación. De pronto, el timbre de mi teléfono rompió el idilio, reproduciendo una canción de U2 a todo volumen.

Contesté la llamada mientras Charles continuaba depositando pequeños y dulces besos en mi mano libre. Pero entonces, la voz temblorosa de mi padre me devolvió a la tierra de un golpe seco:

—Hija... estoy en el hospital.

Sus palabras me impactaron con tal fuerza que no supe con exactitud qué fue lo siguiente que pronunció. El eco de su voz retumbaba en mis oídos y lo único que alcancé a hilar de forma inconexa fue: hospital, Hartford, Luca. Cuando colgué, esas tres palabras fueron las únicas que logré articular frente a Charles. Sentía que el aire me faltaba, que estaba atrapada en la peor de las pesadillas.

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