Al lunes siguiente, al entrar al aula, sentí como si hubiera transcurrido una eternidad desde la última vez que habíamos tomado clase con Charles. Disfruté cada segundo de verlo frente a mí durante más de hora y media, aunque, por supuesto, mi energía renovada y un perfecto bronceado costero no tardaron en despertar las sospechas de mis compañeros.
—Buenas tardes, chicos —anunció al ingresar un par de minutos tarde.
Lucía tan sonriente, impecable y seguro de sí mismo que por un instante me costó asimilar que un hombre tan fascinante estuviera saliendo conmigo en secreto.
—Hola, profesor Richmond. Se nota que las vacaciones le sentaron de maravilla —le soltó uno de los chicos de las primeras filas, con quienes solía debatir a menudo.
—Bueno, ustedes tampoco lucen tan mal... Al menos hoy no detecto esas enormes ojeras de entregas finales.
El grupo compartió una risa colectiva, pero una de las chicas insistió, afinando la mirada:
—Sí, pero usted se ve particularmente mejor que el resto de nosotros...
—¡Es verdad, profesor! —secundó otra alumna desde el fondo.
—Ya díganos qué hizo estas semanas —presionó el primer chico.
—A ver, si les confieso el misterio, ¿me dejarán impartir la cátedra en paz?
—¡Sí! —coronamos al unísono. Debo admitir que me sumé al coro estudiantil con entusiasmo para no levantar la más mínima sospecha.
Charles me dedicó una mirada fugaz y divertida al notar que me había puesto del lado de los inquisidores. Contenía una sonrisa, evidentemente sorprendido. Yo moría por ver cómo se las ingeniaría para evadir el interrogatorio de un salón lleno de universitarios curiosos.
—De acuerdo, ustedes ganan. Pasé unos días en... Baltimore —soltó sin más. Era obvio que la mentira no era su fuerte; pudo haber elegido cualquier metrópolis difusa, pero terminó rascándose la ceja con un leve gesto de arrepentimiento.
—Nosotros también estuvimos por esa zona, ¿cierto, Jacob? —comentó uno de los pocos estudiantes de arquitectura con los que compartíamos esa asignatura.
—Claro que no, Louis. Bueno... quizás en el extremo opuesto; en un pueblo recóndito, completamente alejado de la civilización y de cualquier rastro de diversión —intervino Jacob, con un tono ligeramente mordaz y exagerado, haciendo su parte para disipar cualquier sospecha que pudiera salpicarme.
¡Gracias, amigo!, sopesé internamente.
—Bien, aclarado el punto, iniciemos... —anunció Charles, visiblemente aliviado.
—¿Viajó solo, profesor? —insistió otro alumno.
—¿Está soltero? —reclamó una chica con un tono de voz que pretendía ser coqueto, adoptando una postura que me pareció insufrible. Supongo que, en mi posición de novia, cualquier insinuación hacia él me resultaría intolerable.
Antes de darles una respuesta verbal, Charles hizo un sutil mohín con los labios y negó con la cabeza, respondiendo de golpe a ambas interrogantes. Unánimemente, las espectadoras que aguardaban una pizca de esperanza soltaron un suspiro de decepción.
—Ahí lo tienen, chicas. Nuestro profesor mantiene una relación formal que no es de nuestra incumbencia, así que, por favor, procedamos con la clase —sentenció Jacob, zanjando el asunto con un ademán dramático de las manos.
Con los corazones rotos de la mitad del aula flotando por el aire, no fue difícil concentrarse en la materia. Charles le dirigió un imperceptible asentimiento de agradecimiento a Jacob por haberle lanzado un salvavidas; mi amigo solo se encogió de hombros y devolvió la atención a su tableta.
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Todo lo que buscaba
Romance¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
