Esta es una chica que es fan de la literatura, naturaleza, y de el agua natural, suele cuidar mucho su peso, le encanta el ejercicio y es muy pesimista.
Ella estudia la universidad, es la tercera mejor de su clase, a su derecha vive Simón su vecino...
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Simón, y Vanessa
Sabía muy en mis adentros que ese examen me iba a costar varios puntos. Lo único que debía hacer era concentrarme, pero era imposible; la conversación con Isaza me había desenchufado los cables por completo. Sus palabras no dejaban de rebotar en mi cabeza: ¡fuimos unos verdaderos idiotas! Digamos que aquellas confesiones no lograron nada concreto, pero a mí me dejaron con el alma en un hilo. Entré a la biblioteca para intentar resetear la mente y dejar de pensar en el pasado, en Isaza, en Tini y hasta en Villa. Agarré 1984 de George Orwell y me senté en una mesa apartada, dejándome envolver por ese olor a papel viejo que tanto me calma. De pronto, sentí un escalofrío. Giré la mirada y ahí estaba Simón, sentado a centímetros de mí, observándome con una fijeza que me dio un vuelco al corazón.
—¡Carajo, Simón! —chillé en un susurro, pegando un brinco en la silla—. ¡¿Por qué siempre me asusta de esa manera tan espantosa?! Él no se movió, solo siguió mirándome.
—Oiga, ya basta —me puse firme—. No sé qué trae contra mí, pero es de muy mal gusto quedarse mirando así a la gente. Además, usted nunca me contesta, es un grosero y un...
—Me da pena —soltó en voz baja. Me quedé anonadada.
—¿Qué?
—Me da mucha pena hablarle —repitió bajando la mirada y encogiéndose de hombros.
—¿Le da pena? Pero si nos conocemos desde que éramos unos chiquitos —le dije, extrañada. Él volvió a encogerse de hombros y yo, sin saber qué más decir, volví a mi libro. Pero era imposible leer sintiendo su presencia. Cuando volví a mirar, Simón ya se había esfumado. ¡Vea pues, qué muchacho tan raro! Al salir, fui a mi casillero y me topé de frente con la mismísima Martina Stoessel.
—Cueller —me saludó con esa seguridad que me saca la piedra. Me entregó un sobre—. Tomá.
—¿Y esto qué es? —pregunté abriéndolo. Era una invitación para su fiesta de cumpleaños.
—Sé que no nos llevamos, pero lo hago más que nada por Villa, que es muy buen amigo —me dijo con su acento arrastrado y se largó sin más.
—¡Vane! Mire esto —Villa llegó casi trotando con su invitación en la mano—. ¡Qué bueno que a usted también le dio una! Asentí con una sonrisa fingida. Villa estaba feliz y yo, después de haber perdido la dignidad con Isaza en el patio, sentí que ir a la fiesta de Tini ya no me quitaba nada.
—¿Tiene planes para esta tarde? —me preguntó Martín cuando me lo topé a la salida. Señalé a Villa con la mirada—. Quiero invitarlo a salir.