Esta es una chica que es fan de la literatura, naturaleza, y de el agua natural, suele cuidar mucho su peso, le encanta el ejercicio y es muy pesimista.
Ella estudia la universidad, es la tercera mejor de su clase, a su derecha vive Simón su vecino...
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Vanessa, & Martín Relata Vanessa:
Llevaba exactamente dos días dándole vueltas a la oferta que me había hecho Martín para ayudarme con Villa. Si mi orgullo no fuera tan monumental, ya habría ido a buscarlo desde el primer minuto, pero así soy yo. Después de casi tres horas de meditación profunda, tomé una decisión: agarré mi bolso y caminé directo hacia la casa de los Vargas, que queda justo al lado izquierdo de la mía. Toqué el timbre con una suavidad cobarde, con la secreta esperanza de que nadie me abriera para poder salir corriendo.
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Me estaba dando la vuelta cuando escuché que la puerta se abría.
—¿Sí? ¿Quién es? —escuché una voz femenina. Me tocó regresar, tragándome los nervios.
—Señora Vargas, ¿cómo le va? —saludé a la mamá de Martín y Simón. Intenté mantener la compostura, esperando que no hiciera un espectáculo de mi visita. —¡Pero no me diga! ¡Miren lo grande que está esta niña! —exclamó sorprendida, midiéndome con la mirada—. Y además está preciosa. ¿A qué se debe el milagro de su visita, princesita?
—Ahm... venía buscando a Martín, si no es mucha molestia —le dije, regalándole una sonrisa de catálogo. Ella me miró con una picardía que me puso incómoda.
—Está en su habitación, pase, mi cielo. ¿No me diga que usted y Martín están saliendo? —me preguntó, y yo casi me atoro con mi propia saliva.
—¡No! ¡Para nada! Solo quería que me asesorara con un tema de psicología, usted sabe que él es muy pilo para eso —mentí descaradamente.
—¡Martín! ¡Lo busca Vanessa! —gritó su madre hacia el segundo piso—. Siga, mi vida, que ese muchacho debe estar con los oídos tapados escuchando música. Me da una alegría inmensa que ustedes dos se vuelvan a llevar tan bien como cuando eran niños, mi princesita —me dijo, pellizcándome el mentón antes de señalarme el camino. Subí las escaleras sintiendo que cada escalón pesaba una tonelada. Me topé con dos puertas; toqué en la primera y, como nadie respondió, pasé a la segunda. La puerta se abrió de golpe y me quedé de una pieza al ver a Martín sin camisa. Mis mejillas se tornaron de un rojo encendido de inmediato, pero él, como el sinvergüenza que es, solo me dedicó una sonrisa de medio lado.