Esta es una chica que es fan de la literatura, naturaleza, y de el agua natural, suele cuidar mucho su peso, le encanta el ejercicio y es muy pesimista.
Ella estudia la universidad, es la tercera mejor de su clase, a su derecha vive Simón su vecino...
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Villa, y Vanessa Relata Vanessa:
Les podía jurar que hoy era un día perfecto para enfermarme. Toda la noche llovió con una fuerza que me hizo rogarle al cielo que cancelaran las clases, pero antes de las cinco de la mañana el aguacero cesó, y con él, mis esperanzas de quedarme bajo las cobijas. Simplemente no quería verle la cara a Villa. Haberle confesado lo que sentía me hacía sentir como la más grande idiota del planeta. Salí de la casa y lo primero que me encontré fue la mirada de Isaza, quien me la quitó de trancazo. Lo admito: anoche fui a armarle un escándalo de los mil demonios, pero es que estaba muy de malas. Ahora pensará que soy una loca que no se puede controlar. Justo cuando los Vargas se acercaban, llegó mi taxi y me subí de una para no toparme con Martín. Me daba una furia recordar que Villa pensaba que entre Marto y yo había algo. Cuando el taxi arrancó, vi cómo se subían al deportivo de Tini; ya había aparecido la mosca muerta esa. Al llegar al instituto, me los crucé en la entrada. Pasé por su lado sin decir ni "mu", ignorando la voz chillona de Tini que me daba unas ganas tenaces de agarrarla de las mechas y arrastrarla por todo el patio. Respire, Vanessa, respire. Debía aprender a perder, pero me costaba una vida entera. Entré al salón y vi a Simón acomodando sus cosas. Me miró por inercia y yo le devolví una mirada de complicidad, recordando la aventura del carrito de ayer. Pero él, fiel a su timidez, agachó la cabeza de una vez. Reviré los ojos, irritada.
—Hola, Vanessa —soltó Villa cuando me acerqué a nuestros puestos. Poniendo todo mi orgullo por delante, seguí de largo sin mirarlo. Puse mis cuadernos sobre el pupitre con un golpe seco.
—¿Sigue molesta conmigo? —preguntó. Me quedé callada, haciendo de cuenta que su voz era solo ruido de fondo—. ¡Diablos, Vanessa! No sabe cómo lo siento... Se me acercó, pero justo en ese momento entró la "bolita" de Isaza con Tini, y la profesora detrás.
—¡A sentarse todos! —ordenó la profe. No pude evitar notar cómo Villa se quedó embobado mirando a Tini cuando pasó por nuestro lado. Yo podía hacerme la difícil todo lo que quisiera, pero eso me dolía en lo más profundo del corazón. Durante toda la clase intentó buscarme la mirada, y aunque una parte de mí moría por hablarle y pedirle explicaciones, me sentía sin salida. Tenerlo ahí a centímetros era una tortura. Al sonar el timbre, empecé a empacar rápido, rogando que no me hablara.
—Ey, Vane... —decidí ignorarlo—. ¿De verdad me odia? —se puso frente a mí, bloqueándome el paso. —No, Villa, no lo odio. Usted está en todo su derecho de hacer con su vida lo que se le dé la gana —escupí con resentimiento, intentando salir.
—No, no es así. Tenemos que hablar, no puedo dejar las cosas así —me rogó. Lo miré con el desprecio más puro que pude encontrar en mi inventario de miradas.
—No tenemos nada que hablar tú y yo, Juan Pablo Isaza —solté molesta. Él se quedó mudo, con los ojos como platos.
—¿Isaza? —preguntó, totalmente descolocado. Abrí los ojos grandes, dándome cuenta del error tan garrafal que acababa de cometer. El subconsciente me había jugado una mala pasada por estar pensando en el vecino.