Esta es una chica que es fan de la literatura, naturaleza, y de el agua natural, suele cuidar mucho su peso, le encanta el ejercicio y es muy pesimista.
Ella estudia la universidad, es la tercera mejor de su clase, a su derecha vive Simón su vecino...
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"Isaza, & Vanessa" Relata Vanessa
Miraba al techo de mi habitación, la de siempre, sintiendo cómo el corazón se me apretaba entre el orgullo y la vergüenza. Me sentía tan afortunada: el BBVA en Cali, mi mamá conmigo, Nath —esa hermana que la vida me regaló y que no paraba de escribirme para saber si ya había llegado—, e incluso Tini, con quien el tiempo había limado asperezas. Estaba orgullosa de Isaza, de su brillo, de cómo se comía el mundo... pero lo de anoche con Camila seguía dándome vueltas como un mal sueño. Había cometido un error garrafal. Por un lado, sentía ese fresquito de haberme desquitado, pero por otro, la culpa me carcomía. Isaza decía que no estaba molesto, pero yo conocía sus silencios, la forma en que evitaba el tema. ¡Qué imbécil fui! Me dejé provocar como una niña. Cuando me di cuenta, ya tenía los dedos enredados en el pelo de Camila y el salón entero nos miraba. Lo había avergonzado justo cuando él está en la cima.
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Sentía que hasta los emoticonos me hablaban con frialdad. Me arreglé con un nudo en el estómago, tratando de que el maquillaje ocultara mi cara de arrepentimiento. Salí hacia la casa de doña Elena y, antes de tocar, inhalé el aire frío de Bogotá para darme valor.
— ¡Hola, princesita! —me recibió doña Elena con un abrazo que olía a hogar—. ¿O debo llamarte hija? Me encanta que sean novios. Juanito me habla cosas tan bonitas de ti, le brillan los ojos cuando dice tu nombre. Me tomó de las manos y me acomodó un mechón de pelo con una ternura que me desarmó.
— Eres una muchacha hermosa, elegante y de muy buenos modales... siempre me gustaste para él desde la secundaria. Tragué saliva. "Buenos modales", pensé, mientras la imagen de mis uñas en la cara de Camila cruzaba mi mente.
— Elena, gracias... de verdad significa mucho para mí —le dije, sintiendo que por fin tenía el lugar que siempre soñé en esa familia.
— Suba, hija, los chicos están arriba terminando de arreglarse. Subí las escaleras y escuché risas y música. La puerta de la habitación de Isaza estaba semiabierta. Toqué tímidamente y Susana me abrió de inmediato.
— ¡Hola, cuñada! —me gritó dándome un abrazo apretado. Ángela también estaba ahí e Isaza, al verme, se dio la vuelta regalándome esa sonrisa que siempre me devolvía el alma al cuerpo.