Esta es una chica que es fan de la literatura, naturaleza, y de el agua natural, suele cuidar mucho su peso, le encanta el ejercicio y es muy pesimista.
Ella estudia la universidad, es la tercera mejor de su clase, a su derecha vive Simón su vecino...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Villa, y Vanessa Relata Vanessa:
Tenía encima un vaciadón y un castigo de una semana sin asomar las narices a la calle. Lo de anoche fue una vaina loca; no me sacaba de la cabeza que estuve a un pelín de besar a Alejandro. No es que el tipo me encantara, pero era alguien nuevo, no como Martín que es el hombre de todas, o Simón, que no es feo y tiene unas cejas una elegancia, pero es más raro que un perro verde. ¿E Isaza? ¡No, hombre! Ese ni por las curvas; besarlo a él sería lo último que haría en la vida, menos mal ya ni me acuerdo a qué saben sus besos. Pero me quedó sonando esa idea estúpida de enredarme con cualquiera por puro despecho.
—¿No piensa salir a buscar el taxi o quiere que la lleve del bulto? —me gritó mi mamá abriendo la puerta, todavía emputadísima.
—Sí, ma, ya voy, solo guardaba unas cosas —le dije asustada. La mujer estaba que echaba chispas porque le llegué a las dos de la mañana. Agarré la maleta y caminé juiciosa a su lado.
—Y deje nada más que me encuentre a Marto, que me va a oír —amenazó furiosa.
—Mamá, ya le dije que no fue culpa de él, el sitio era re lejos y se me fue la onda —exclamé intentando que tuviera piedad, pero nada.
—¡A mí no me importa! Ustedes como no tienen hijos no saben qué es responsabilidad. Vanessa Aurora, de verdad creí que era digna de mi confianza, pero ya veo que no —me gritó. Salí de la casa volada para evitar que me siguiera regañando. Apenas puse un pie en la acera, vi el deportivo de Tini con todos los chicos montados, muy felices ellos. Reviré los ojos con una rabia tenaz y, por fin, llegó mi taxi. Me sentía en la inmunda. De solo pensar que me había tirado lo más valioso que tenía, que era la confianza de mi mamá, me daban ganas de llorar; yo jamás le había dado un dolor de cabeza y ahora me sentía como la peor hija del mundo. Cuando llegué al instituto respiré profundo. Sabía que me iba a topar con la cínica de Tini, y de solo pensar que estaba usando a Villa me daban náuseas. Entré al aula y tomé mi lugar. Villa me miró todo sonriente, pero yo miré para otro lado y lo ignoré olímpicamente. Lo escuché resoplar, frustrado, y en ese momento entró la profe. Créanme, podré sonar muy dura, pero ya llevaba casi mes y medio sin dirigirle la palabra y todavía no me acostumbraba a ese vacío en el pecho. La clase terminó y Villa salió disparado como un cohete. El clan de los tontos pasó por el pasillo y escuché a Tini con esa voz chillona que me daba una jartera ni la más tenaz.
—Ahora los alcanzo —le dijo Isaza a su grupito. Se plantó frente a mí, cruzándose de brazos con un gesto de diversión todo molesto.
—¿Qué demonios quiere ahora, Isaza? —le pregunté sin ganas. Él se frotó las palmas de las manos como mosca hambrienta mientras sonreía como un bobo.