Esta es una chica que es fan de la literatura, naturaleza, y de el agua natural, suele cuidar mucho su peso, le encanta el ejercicio y es muy pesimista.
Ella estudia la universidad, es la tercera mejor de su clase, a su derecha vive Simón su vecino...
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Simón, y Vanessa Relata Vanessa:
Ya había sacado bastante de mí; había llorado por horas y no había pegado el ojo en toda la noche. Villa no dejaba de escribirme y de llamarme, pero honestamente, hablar con él era lo último que quería hacer. Lo acepto: soy una orgullosa de miércoles, soy una gruñona y una rencorosa, pero es que me sentía herida de muerte. Me torturaba imaginando el momento en que Villa y Tini estuvieron juntos; me daba náuseas solo de pensarlo.
—Hija —escuché a mi madre tocar la puerta—, es ese muchacho de nuevo —dijo extendiéndome el teléfono. Yo negué con la cabeza—. Ahm, está ocupada... sí, qué pena con usted... sí, lo siento —colgó y se acercó a la cama—. ¿Le rompió el corazón, mamita?
—No quiero hablar de eso, mamá —le pedí, con la voz pastosa de tanto llorar.
—La veía muy entusiasmada, hija. Yo sé que usted no es una pelada fácil y...
—¿Está insinuando que es mi culpa que me hayan visto la cara? —la interrumpí, sintiendo que la piedra me subía por la garganta.
—No, mi vida, ni mucho menos. Pero a veces hay que evaluar si la cosa es tan grave. Ese muchacho no deja de buscarla, y eso me hace pensar que usted le importa —me acarició el pelo y se fue. De pronto, un estruendo hizo vibrar los vidrios de mi cuarto. El petardeo de un micrófono y ese ruido de guitarras eléctricas que Isaza llama música empezó a taladrarme los oídos. Me puse la almohada en la cara, me puse audífonos a todo volumen, pero nada. Esa bulla se sentía en las muelas. Me asomé por la ventana y ahí estaban, dándole a los instrumentos como si no hubiera un mañana. No aguanté más. Me puse el suéter y salí disparada para el garaje de los Isaza.
—Hola, Vanessita —me saludó la mamá de Juan Pablo, sentada en la entrada—. ¿Cómo le va?
—¿Está Isaza? —le pregunté, aguantando la cara de puño para no ser grosera con ella.
—Ay, sí, mija. Está atrás con los muchachos, siga —me señaló el pasillo. Caminé sintiendo que cada golpe de batería era un martillazo en la frente.
—¡¿SE PUEDEN CALLAR, MALDITA SEA?! —grité cuando llegué. La música paró en seco. Ahí estaban todos: Juan Pablo, Martín, Aitana y otros tipos. Me miraron como si me hubiera salido un tercer ojo. Isaza y Martín se acercaron al tiempo, pero Juan Pablo se les adelantó con el ceño más fruncido que de costumbre. Al principio me miró con cara de "¿y a esta qué bicho la picó?", confundido por mi arranque.
—¿A usted qué le pasa? —me preguntó, recuperando su tono de soberbio.
—¿Que qué me pasa? ¡Me pasa que con esa guachafita que tienen no puedo escuchar ni mis propios pensamientos, carajo! —le grité, fuera de mí.