Esta es una chica que es fan de la literatura, naturaleza, y de el agua natural, suele cuidar mucho su peso, le encanta el ejercicio y es muy pesimista.
Ella estudia la universidad, es la tercera mejor de su clase, a su derecha vive Simón su vecino...
—¿De qué habla? Me señaló un auto azul estacionado afuera.
—Ese auto es de Sebastián, el novio de Tini. Se me abrieron los ojos de par en par. Si Sebastián estaba ahí, y Villa también... esa cabaña iba a ser una olla a presión a punto de estallar.
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Isaza me hizo una seña para que entrara por la puerta principal, mientras él se escabullía por la cocina para no levantar sospechas. Lentamente abrí la puerta y, ¡pum!, la primera escena Tini y Sebastián sentados en el sofá de la sala, besándose y abrazándose con una intensidad que me revolvió el estómago. Era exactamente lo mismo que les había visto hacer en aquella fiesta, como si Villa no existiera.
—¡Hey, che! ¡Hay comida china sobre la mesa! —me gritó Tini sin despegarse mucho de Sebastián, señalándome el comedor. Yo solo asentí, apretando mis tulipanes contra el pecho. Caminaba admirando su belleza y, sobre todo, pensando en el moreno que me los había dado, cuando de repente...
—¡Ay! —pegué un grito del susto al ver a Villa sentado en el puro piso, con la mirada perdida en la nada.
—¿Te asusté? —me preguntó con una voz fúnebre, como si estuviera hablando un muerto.
—¿Tú qué crees? —le solté con ironía—. ¿A quién se le ocurre sentarse en la mitad del comedor en el suelo, Villamil?
—Lo siento —contestó sin moverse. Seguí su mirada y el tipo estaba viendo la pared. Ni un cuadro, ni una ventana, nada. Solo bloque de cemento. Traté de ignorarlo. Tomé un plato y empecé a elegir qué rollo de primavera llevarme, pero el ambiente estaba pesadísimo.
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