Esta es una chica que es fan de la literatura, naturaleza, y de el agua natural, suele cuidar mucho su peso, le encanta el ejercicio y es muy pesimista.
Ella estudia la universidad, es la tercera mejor de su clase, a su derecha vive Simón su vecino...
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"Nath, & Vanessa" Relata Vanessa
Íbamos saliendo del departamento rumbo a la oficina cuando el teléfono del depa comenzó a sonar. Nath se apresuró para contestar y yo la miré asustada desde la cocina, rogando que no fuera quien yo pensaba.
— ¿Bueno? —exclamó ella descolgando—. ¡Ah, hola! ¡Isaza! —remarcó ella mirándome con ojos de susto. Yo le hacía señas desesperadas, cruzando los brazos en una "X" para que colgara de una vez—. Ah, ah... no, no. Ella ya se fue a la oficina. Sí, se fue antes. ¡No, cómo crees que te la voy a estar negando, wey! No, neta, solo que ha habido mucha chamba. Sí, yo le paso tu recado. ¿Cómo? Ah, que te marque. Ok, bye. Nath colgó y me miró con una decepción que me caló.
— ¡Neta, Vanessa, no mames! A ver si ya le contestas. Ese pobre hombre se está muriendo de la desesperación y tú en plan culera...
— Pues que se muera —le dije tomando mi bolso con firmeza.
— ¿Pero por qué lo tratas tan mal? —me preguntó mientras salíamos—. Ok, cometió un error, besó a la largirucha esa, pero ¡caramba! Solo se lo ordenaron, ¿no crees? Subimos al elevador y yo negué molesta, sintiendo que la sangre me hervía.
— No, Nathalia. Aun así, él debía darse cuenta de que eso a mí me iba a doler mucho. ¿Acaso le dijo algo a los del contrato? ¡Uy, no! Yo tuve la oportunidad de serle infiel a Isaza con un beso también y no lo hice, y no solo una vez. Así que no me parece justo esa vaina. Llegamos a la recepción y ahí estaba Simón esperándonos con su cara de siempre.
— Oiga, no es por nada, pero anoche también me llamó Juan Pablo. Y no me lo tome a mal, pero ya me está dando jartera esto de andar pasando recaditos. Dice que lo llame, que necesita hablar con usted. Reviré los ojos, fastidiada de que todos fueran sus mensajeros.
— Gracias, pero no tiene que reenviar sus recados, porque no le voy a llamar. Sentí una punzada en el lado derecho del pecho, pero me guardé el quejido. Entramos al auto de Nath y, de repente, sentí que el espacio se encogía. Me sentí claustrofóbica, como si el aire no entrara.
— ¿Te sientes bien, Vane? —preguntó Nath por el retrovisor, viéndome manotear para echarme aire—. Neta, estás súper roja.
— Sí... solo me dio un calor miedoso —le dije intentando tranquilizarme.
— ¿Calor? Pero si el clima está templado. ¿No le sirve aún el aire acondicionado, Nathalia? —preguntó Simón arqueando una ceja.
— ¿Necesitas que bajemos a comprar algo? —insistió ella y volví a negar frunciendo el ceño—. ¿Segura? Estás muy roja de la cara, wey. Me empecé a sentir como si sudara frío, una sensación muy extraña.