Esta es una chica que es fan de la literatura, naturaleza, y de el agua natural, suele cuidar mucho su peso, le encanta el ejercicio y es muy pesimista.
Ella estudia la universidad, es la tercera mejor de su clase, a su derecha vive Simón su vecino...
Había pasado una semana entera desde el incidente en el Club, y todavía sentía una punzada en el pecho cada vez que recordaba las palabras de Martín y el desdén de Isaza. Pero lo que más me carcomía era el silencio de Villa esa noche; nunca llegó, nunca llamó. Me sentía desplazada, como un mueble viejo que uno arrima a un rincón cuando llega algo más interesante.
—¿Sigue molesta conmigo, Vane? —me preguntó Villa hoy, mientras desayunábamos en mi casa.
—No, Villa, tranquilo. No se preocupe, que la culpa fue mía por haberme ido del Club sin avisar —le respondí, intentando que la voz no me temblara. Para serles franca, estaba tan fuera de mí esa noche que ni siquiera le puse un mensaje para decirle que ya estaba en casa. Él vivía con el convencimiento de que mi huida fue un berrinche contra él, y yo, por puro orgullo y para no parecer una necesitada, lo dejé pensar eso. Lo invité a desayunar porque, a pesar de los desplantes, este muchacho me tiene mal de la cabeza; me gusta más de lo que estoy dispuesta a admitir.
—Es que no quiero que se enoje conmigo jamás. Usted sabe cuánto me importa —me soltó con esa mirada de cachorro que me desarma. Yo le regalé una sonrisa de compromiso, de esas que uno usa para tapar el hueco que tiene en el estómago—. ¡Ay! ¡Casi se me olvida! Quiero que me dé su opinión sobre algo muy importante hoy en la noche. En ese preciso instante, el mundo se detuvo. El azucarero de cristal se me resbaló de las manos y se hizo añicos contra el piso.
—¡Vane! ¿Se encuentra bien? ¿Se cortó? —preguntó Villa saltando de su silla, visiblemente angustiado. Me quedé en shock, mirando los cristales y el azúcar esparcida como si fueran las ruinas de mi propia cordura. Me agaché rápido para recoger los restos antes de que mi mamá bajara y me armara un escándalo.
—No, no, ahí déjelo, Villa. Yo me encargo, no se ensucie —le dije, deteniéndolo cuando intentó ayudarme con una servilleta. Mi cabeza era un torbellino—. ¿Qué era lo que me decía de hoy en la noche? —pregunté, tratando de sonar casual, aunque sentía que el corazón me iba a salirse por la boca.
—Sí... pero es sorpresa. Se lo cuento esta noche —me dijo, y noté que se puso algo nervioso, evitándome la mirada.
—¡Ay, no sea así! Deme una pista, aunque sea chiquita —le pedí, sintiendo cómo la emoción me recorría la columna. Él se limitó a reírse, negando con la cabeza.
—No, señora. Aguántese las ganas. Paso por usted a las ocho en punto —sentenció. Sentí que las orejas se me ponían calientes, hirviendo de la pura expectativa. ¿Sería que por fin se iba a declarar? ¿Sería este el momento que tanto había soñado? Ahora estoy aquí, encerrada en mi habitación, fingiendo que adelanto la tarea de microeconomía mientras mis ojos no se despegan del reloj de pared. Faltan cinco horas eternas para que sean las ocho. La tarde bogotana se siente más gris y pesada que nunca, como si el tiempo se hubiera quedado estancado en un charco. Cada minuto es una tortura y cada pensamiento me lleva a imaginar qué es eso tan importante que tiene para decirme.