MICHELLE
La fina brisa de Central Park meneaba los mechones sueltos que caían por mi rostro, sueltos de mi trenza.
Levante mi vista hasta el cielo entrecerrando los ojos al dar con el sol brillante que nos daba directos en el campo de béisbol. Ni siquiera se muy bien que hago aquí, ni como he venido. – es solo una pesadilla – me repito mentalmente. Es una de las primeras veces que soy consciente de estar en una de ellas. Un escalofrió me recorre de los pies hasta la cabeza cuando bajo mi mirada al centro del campo.
Soy yo con unos siete años, llevando mis pantalones blancos pero marrones ya por la tierra del campo, junto a una camiseta gris empapada de sudor. Al otro extremo mi padre me esta explicando unas cosas. Él lleva su gorra gris y su guante con la pelota lista para lanzarla. Me quedo mirando atenta la trayectoria de la pelota y mi bateo tan fuerte que ni mi pequeño reflejo se lo cree.
Se me hiela el cuerpo cuando veo que la persona que esta a mi lado es la versión un poco más mayor de mi padre, quien esta parado con una sonrisa que me pone los pelos de punta.
– ¿Sabes?, nunca fuiste lo suficientemente buena para mi. Nunca fuiste la hija perfecta – termina riéndose.
Me quedo calla tragándome las ganas de querer largarme de mi propia pesadilla, pero es como si mis piernas no tuvieran la capacidad de moverse.
– Nunca te esforzaste lo suficiente. – añadió – a día de hoy no te considero ni mi hija, porque eres nefasta y no quiero que sepan de ti. Esa niña de siete años – contesta señalando a mi versión infantil – esa me quería, me respetaba y nunca me reprochaba nada.
Seguí allí parada con mis ojos golpeando con lágrimas que caían por mis mejillas rodando libremente a su merced. Me dolía cada una de las palabras que soltaba por su boca sin sentido, porque eran mentira.
– Te odio.
Todo mi mundo cayo con tan solo esas dos palabras. Entonces su versión se desvaneció y yo caí como si estuviera en caída libre, pero mientras lo hacia sentí un momento de paz.
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Intento desaparecer, despertarme de una vez de aquella pesadilla y cuando lo hago me encuentro con unos ojos verdes enormes que me miran asustado mientras noto unas manos en mis hombros. Desvió la mirada a sus manos y un poco alterada me hago para atrás chocando casi con la pared.
– Hey, Michelle soy yo tranquila – se queda quieto en el sitio de la cama en el que esta sentado sin perderme de vista.
– Lo...lo siento mucho, no quería despertarte – me disculpo recuperando el aire.
– No te preocupes, no estaba durmiendo. ¿quieres algo? – me pregunta casi en un susurro.
No estoy segura de saber si quiero algo. Me llevo el pulgar a los labios y mordisqueo mi uña llena de nervios cuando intento respirar hondo.
– ¿Puedes quedarte conmigo? – pregunto ciñendo su muñeca con mis delgados dedos y susurrando tímidamente.
James no se lo piensa demasiado y levanta la sabana metiéndose dentro conmigo. Me hago un ovillo con mi espalda recostada en la pared, guardando las distancias.
– Puedes acercarte, no muerdo – sise con una sonrisa de pillo en la cara.
Hago una pequeña mueca sonriendo y mientras él se hace un poco al lado lo sorprendo abrazándolo y dejando mi rostro escondido en su cuello. No se lo espera, pero me lo devuelve y nos quedamos juntos hasta que por fin el sueño avanza y mis parpados comienzan a cerrarse lentamente. El estar de esta forma me hace sentir segura, como si con su propio cuerpo bloqueara cualquier tipo de pesadilla.
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Heridas
Romance¿Cuánto tiempo se supone que tardas en cerrar una herida?, ¿meses, años...?, esa pregunta ronda la cabeza de Michelle todas las noches. Todavia no hay respuesta claro. Ella tiene 18 años y este, va a ser su primer curso en la universidad. ¿Su plan...
