48. Cita con el Médico

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—Ya te dije que no —le quitó la caja de cereal de la mano y lo devolvió a la alacena.

—Pero Zhan Ge, tengo hambre —se quejó, haciendo un puchero en serio, y muy adorable.

—Te van a hacer estudios, necesitas ir en ayuno —miró la hora en su reloj—. Vámonos ya, tenemos que llegar a tiempo.

—Pero no desayunaste.

—Por solidaridad —sonrió.

—Eres tan bueno —hizo una mueca chistosa y bastante tierna.

—Y porque iremos por waffles al salir.

—Excelente idea.

Salieron juntos esa mañana rumbo al laboratorio para que Yibo se hiciera ciertos análisis de sangre que su médico le había solicitado para antes de la consulta. Fue algo complicado, pues a veces se les olvidaba que cualquiera podría reconocerlos. Xiao Zhan tuvo que quedarse en el auto mientras Yibo iba solo, cubriendo por completo su identidad.

En verdad era agotador hacer eso todo el tiempo, ahora más que nunca lo resentía, pues él quería acompañarlo incluso en cosas como esa, pero no era conveniente.

En todo momento estuvieron en contacto, Xiao Zhan pensaba que quizás hubiese sido mejor que su guardaespaldas lo acompañara, pero Yibo descartó la idea, asegurando que así solo lograría llamar más la atención.

—Nadie me ha reconocido —le dijo Yibo por mensaje—. Solo la recepcionista a quien le di mis datos verdaderos, pero no ha hecho ningún escándalo.

—Bien, ten cuidado, estaré al pendiente —le respondió.

No pasó mucho tiempo antes de que Yibo regresara al auto, con su brazo izquierdo flexionado y con una galleta a medio comer en la mano derecha.

—¿Todo bien? —inquirió Xiao Zhan de inmediato.

—Casi me desangro —dramatizó, con un tono tan neutro que hizo reír a Xiao Zhan. Extendió su brazo izquierdo y le mostró la pequeña bandita que le habían puesto.

Xiao Zhan rio más.

—Que dramático.

—¿Galleta? —la puso frente a su rostro. Ya estaba toda mordida y quedaba muy poco.

—No, cómela tú. ¿Por qué te dieron galletas?

—Porque soy ¡Wang Yibo!

Xiao Zhan solo rodó los ojos, haciendo reír a su novio.

Fueron hasta su sitio de waffles preferido, pero cuando estaban en el estacionamiento, a punto de bajarse, se dieron cuenta de la pésima idea que había sido aquello.

Ellos no podían ir y desayunar waffles en público, no podían darse el lujo de compartir un momento común y corriente como el resto del mundo.

Yibo apretó los puños, fastidiado al darse cuenta de la falla en sus planes.

—Vamos a casa —sugirió Yibo, algo cabizbajo. Odiaba no poder hacer cosas cotidianas en público con su amado, ni siquiera como amigos.

Si un solo fan los descubriera, aunque fuese por separado, se armaría un escándalo total. Y ninguno de los dos traía a su guardaespaldas. Mao se enojaba últimamente con ellos por eso, pero es que los dos querían pasar tiempo a solas, y no escoltados siempre por alguien.

—Zhan Zhan, en serio, vámonos.

El aludido encendió el auto.

—No nos iremos —se dirigió hasta el autoservicio y ordenó.

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