Epílogo. Buenas Noches

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Wang Yu Jie lo miró desde la cocina y sonrió con tristeza al ver que al fin su padre parecía tener un momento de paz. Xiao Zhan le daba la espalda, sentado en su silla de ruedas en la terraza recibiendo los primeros rayos de Sol del día.

Nadie la había preparado para todo lo que ocurrió en los últimos meses. Estaba consciente de que sus padres eran mayores, y que debían disfrutar cada momento como si fuese el último, pero jamás creyó que precisamente esa sería su última navidad con papá Bo.

No iba a mentir y decir que se arrepentía de no haber pasado más tiempo con él, pues siempre habían sido tan unidos que para ella fue imposible "abandonar el nido" del todo.

Y como solían decir sus padres: "Sin arrepentimientos".

Suspiró con tristeza, por lo menos aún tenían a papá Zhan, y aunque todos sufrían, al menos podían compartir la carga.

—No sé cómo vamos a hacer que salga de esa depresión —la hermana menor se unió a ella, mirando a su padre por la ventana de la cocina.

—Yo tampoco —soltó un suspiro en el que casi sintió que se le iba la vida.

De pronto ambas se vieron envueltas por el cálido abrazo de su hermano, fue el único de los hijos que heredó la altura de su padre, así que eso, más el intenso parecido a Yibo, hacía que las hermanas se conmovieran hasta las lágrimas.

—Estaremos con él todo el tiempo que sea necesario —dijo él con convicción—. Jamás podremos ocupar el espacio que dejó papá Bo, pero sí podemos traerle un poco de alegría.

—¿Y si lo llevamos a vivir con alguno de nosotros? —sugirió Lili.

—Eso lo mataría lentamente —murmuró Yuyu sin apartar la mirada de la ventana.

Tenía razón. A Xiao Zhan jamás le había gustado ser una carga, ni siquiera para su difunto esposo. Mucho menos permitiría convertirse en un estorbo para alguno de sus hijos y sus familias.

—No podemos dejarlo solo, Yuyu. Si lo hacemos se va a dejar morir en esa casa llena de recuerdos.

—Lo sé, hermano, lo sé muy bien —suspiró de nuevo—. No sé que vamos a hacer.

—Además está el asunto de su espalda.

Los tres lo habían olvidado por un momento. Su padre sufría dolor crónico, y el único que lograba hacerle más llevadera la situación era Wang Yibo con sus bromas y ese humor agrio del que tanto disfrutaba Xiao Zhan.

¿Qué harían? Estaban perdidos.

—Tenemos que pensar bien las cosas y hacer un plan, por lo pronto iré con él, ya lleva mucho tiempo en el frío —se puso un abrigo y salió a la terraza mientras sus hermanos menores se hacían cargo del desayuno.

—Papi —se le acercó a paso lento, como quien teme interrumpir un pensamiento profundo—. ¿No tienes frío? Vayamos adentro, el desayuno está casi listo. Hicimos french... ¿Papi? —silenció al verlo con los ojos cerrados y una sonrisa pacífica. Su rostro entero expresaba una paz difícil de describir—. ¿Cómo lograste dormir aquí? —murmuró mientras se inclinaba hacia él y lo envolvía mejor en su bufanda roja, esa que conservaba desde antes de que ellos nacieran.

Pero cuando estuvo más cerca de él rozó su piel y el pánico se apoderó de ella.

Xiao Zhan estaba rígido, frío, y no respiraba.

—Oh no... —murmuró al aire, apenas como un soplido.

Consciente de lo que estaba ocurriendo, Wang Yu Jie se mordió los labios con fuerza para contener el llanto, se inclinó junto a la silla de ruedas, rodeó a su padre entre sus brazos y permaneció así, tratando de procesar lo que estaba pasando.

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