-Deja de temblar, llamas la atención-
-No estoy temblando, tú te lo imaginas. Estoy perfectamente normal-
Apenas terminó de decir eso, al brujo se le resbaló un frasco de la mano y este terminó reventándose contra el suelo.
-Te puedo apostar a que eso no es parte de mi imaginación- Joel señaló el frasco en el suelo, miró a ambos lados y luego de asegurarse que no había nadie cerca realizó un pequeño conjuro para regresar la botella a la mesa donde las exhibían, completamente reparada -Ayer te prometí que nada malo iba a pasar, debes relajarte un poco-
Elliot guardó silencio unos segundos y se acomodó los guantes con la mirada decaída.
Era obvio que tenía que relajarse, pero no podía: la noche previa casi no durmió nada por la imagen de Doris llegando a su puesto con una turba para acusarlo de usar magia negra. Si a los aldeanos les daban la motivación suficiente, podrían culparlo por las enfermedades que se sufrieran en el pueblo y las regiones cercanas, tal vez incluso inventarían que se robaba bebés para sacrificarlos o quién sabe qué cosas más.
-Mientras Doris no estuvo, todo mundo me veía incapaz de hacer magia, buena o mala, pero ahora que vió mis manos podrían creerme un gran enemigo- murmuró.
Joel terminó de organizar la mesa de las pociones y se sentó a un costado del menor, no faltaba mucho para que el sol saliera por completo y la plaza se llenara de gente, si querían hablar de eso tendría que ser ahora.
-No sé si esto te tranquilice un poco, pero recuerda que los incubos podemos engañar los sentidos humanos- lo observó de reojo -Se necesitaría una magia MUY poderosa para esconder tus marcas de forma total, pero al menos podemos tratar de hacer que los ojos de Doris no las vean... Claro, eso en caso de que nos lo lleguemos a encontrar hoy o en caso de que no esté usando un talismán como el que te dió. Por cierto ¿Que hiciste con esa cosa?-
Al menor se le olvidó por un momento lo ansioso que estaba y dejó escapar una leve sonrisa.
-Primero lo puse en la puerta de la cabaña para que no entraras- la mirada de traición que puso el demonio lo hizo reír -Estaba muy molesto y frustrado. Luego de dos días lo cambié de lugar a mi habitación porque creí que tenerlo en la puerta era lo que no te dejaba volver y... Bueno...-
Hubo un pequeño silencio.
-Después de una semana lo puse en una vasija de fierro y lo enterré en el bosque. Quería que volvieras-
Esa pequeña frase bastó para que la cara del incubo adquiriera el color de una fresa madura, de repente tan lleno de esperanzas que el corazón podría salirse de su pecho.
Aún con todo prefirió no decir nada y solo evitar la mirada ajena para intentar ocultar su expresión de enamorado: Era ridículo lo mucho que podían afectarlo los gestos y palabras del brujo, al grado de dejarlo anonadado solo por la idea de imaginarse a Elliot esperando su regreso, asomado a través de las ventanas de la cabaña.
El pueblo comenzó a cobrar vida poco después y quizá por morbo a causa de su ausencia, la gente se acercó al puesto de pociones: Antes de las 5 de la tarde, Joel y Elliot habían vendido casi todas las que llevaban.
El ánimo del brujo fue subiendo conforme la gente lo saludaba o le preguntaba por las pociones nuevas, aunque en ojos de muchos todavía veía la desconfianza de su efectividad o la coquetería en el caso de las doncellas que atendía Joel quien, misteriosamente, las trataba con más seriedad sin dejar de lado su "encanto".
-¿Ya te aburriste de ligar con humanas? ¿O qué?- le dijo en voz baja mientras le daba un leve codazo.
El incubo estuvo a punto de responder cuando una voz grave lo interrumpió.
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Tu alma es mía
FantasíaElliot es un joven brujo que intenta seguir los pasos de su madre y ganarse la vida vendiendo pociones, sin embargo tiene un problema: la magia no se le da muy bien. Frustrado de no mejorar pese a años de práctica, decide evocar a un demonio para...
