Se sentía mal y lo peor es que seguramente aquello no tenía nada que ver con los golpes que le proporcionó Ezra. Era algo más.
Si tuviera una habitación en la cual encerrarse para estar sólo seguramente se estaría mirando al espejo, recriminándose internamente por lo que hizo o no hizo... En Lagneia bastaba una orden suya para que todo mundo le diera espacio y lo dejara en paz. En Lagneia bastaba una mirada para que todos se inclinaran ante él en señal de respeto. En Lagneia las almas humanas suplicaban por compasión de su parte....
Pero no estaba ahí. Estaba en el mundo humano y en este lugar no era mas que un esclavo.
Estaba preso por Elliot y preso por sus propias decisiones: Si no hubiera hechizado al panadero, ahora no tendría que estar lidiando con su actitud posesiva y maniática; cuando lo conoció creyó que iba a ser divertido ver como Elliot se volvía una fuente de deseo irracional para el pelinegro.
Su plan era ver al brujo asustado por la intensidad del panadero, no verse a sí mismo molido a golpes por ese estúpido humano. Se dejó caer en el sofá y bufó al percibir el aroma de ese idiota ahí. Tal vez subir a la copa de un árbol lo habría ayudado a relajarse mejor, pero con el cazador afuera, no pensaba correr el riesgo
Elliot, por su parte, tenía problemas para controlar su llanto. Estaba frustrado: por primera vez en su vida una poción compleja resultaba como debía y el gusto no le duró ni 5 minutos por culpa de los descubrimientos de Doris y la pelea de Joel y Ezra.
Entró a la cabaña minutos después de que el mayor lo hiciera, sollozando. Sus pasos se encaminaron a su cuarto sin rodeos, pero antes de poder entrar del todo un pequeño bulto blanco llamó su atención. Era apenas del tamaño de un puño y estaba colgado de la manija de la puerta.
Era el pañuelo que Doris trató de entregarle antes de la pelea. Lo tomó en sus manos con cuidado para desenvolverlo y entonces descubrió un talismán plateado: una especie de collar con una medalla de plata, una cruz al centro y un santo por el otro lado.
Si no le fallaba la memoria, era un amuleto común que usaban los clérigos para protegerse de energía maligna.
Eran raros de conseguir y su precio no era muy accesible; si Doris se había tomado la molestia de regalárselo, era claro que no tenía dudas de la naturaleza demoniaca de Joel.
Sujetó el amuleto y caminó decidido hasta la sala, colocándolo frente al mayor con el semblante más frío que logró emular.
-¿Esto te parece familiar?-
No había ni terminado la frase cuando el incubo dió un salto que lo hizo caer del sillón.
-¡Agh!- se retorció en el piso unos segundos, aturdido -¡¿Qué chingados te pasa?! ¡¿De verdad estás tan enojado conmigo para acercarme esa madre a la cara?!-
El brujo no se esperaba esa reacción de su parte, por lo que apartó la medalla y la enredó rápidamente en el pañuelo otra vez.
-Lo siento, solo quería ver que hacía-
-Yo te diré lo que hace- Joel se sentó en el piso -Esa chingadera causa un dolor de cabeza intenso a cualquier criatura que venga del infierno. Seguro la forjaron en una puta abadía porque normalmente no tienen efectos tan fuertes en demonios de alto rango-
El principe se llevó ambas manos a la cabeza y se volvió a subir al sillón, retomando la pose que tenía antes de que Elliot le acercara el talismán.
-Como si no tuviera suficiente con los golpes...- añadió por lo bajo.
Elliot seguía frustrado, pero habia muchas cosas de las que quería hablar con el demonio y no podría hacerlo si seguían peleando por lo ocurrido.
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Tu alma es mía
FantasíaElliot es un joven brujo que intenta seguir los pasos de su madre y ganarse la vida vendiendo pociones, sin embargo tiene un problema: la magia no se le da muy bien. Frustrado de no mejorar pese a años de práctica, decide evocar a un demonio para...
