En los siguientes minutos, toda la población que aún se encontraba en la plaza, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos por igual, fueron cayendo uno a uno por las garras, dientes y maldiciones del demonio. Las calles que rodeaban el lugar de la ejecución pronto se convirtieron en un campo de cacería para el incubo, que se dejó llevar por la sed de sangre y la ira acumulada. No estaba orgulloso de eso, en lo absoluto, pero cada que pensaba en las piernas quemadas de Elliot y en su cara surcada por las lágrimas, dejaba el remordimiento de lado.
No fue consciente del tiempo que pasó entre la primera víctima y la última, sólo se detuvo cuando se dio cuenta de que el corazón que sostenía en su mano pertenecía a la que alguna vez fue la Condesa gobernante de esas tierras. Sin embargo, había una persona importante en todo aquello que no localizó por ninguna parte.
¿Dónde estaba Doris?
Conociendo su asqueroso orgullo, resultaba imposible suponer que se había escapado al iniciar todo el conflicto y también era poco probable pensar que se ocultó.
Estaba tentado a buscar en cada una de las casas del pueblo de ser necesario hasta encontrarlo, pero tenía otras prioridades en ese instante, entre ellas, tratar las heridas de Elliot tan rápido como pudiera, aunque ahora que lo reflexionaba, era una lástima que el médico del lugar hubiera sido uno de los primeros en morir.
Apretó los dientes. Caminó por las calles de regreso hacia la plaza, ignorando los lamentos de algunos heridos, los gritos al interior de las casas y los cuerpos repartidos por el suelo. Tenía sentimientos encontrados respecto a lo que acababa de hacer: no sentía que todo ese caos compensara ni un poco el sufrimiento que le hicieron pasar al brujo, pero tampoco terminaba de asimilar que su amo le permitió desquitarse de ese modo.
Elliot seguramente no volvería a ser el mismo a partir de aquél momento.
Desde el tejado donde Joel lo dejó, el brujo, estuvo escuchando las súplicas, los lamentos y las oraciones de quienes antes estuvieron aplaudiendo su ejecución, mientras escapaban del demonio. Le resultaba irónico... Festejaron su sufrimiento e ignoraron sus gritos suplicando piedad, pero luego eran ellos quienes pedían clemencia.
-...De todos modos me iba a ir al infierno...- susurró.
Pese a que trató de sonar seguro, las lágrimas se aglomeraron en sus ojos y su garganta volvió a cerrarse, presa del estrés, la ansiedad y el pánico por todo lo ocurrido en esa helada mañana.
Miró al cielo, si pudiera gritarle a Dios en ese momento lo haría ¿Por qué dejo que le pasara todo eso? ¿De verdad era tan malo llamar a un demonio para que le enseñara magia? Nunca quiso hacerle daño a nadie, en todo momento sus intenciones fueron ayudar al pueblo.
Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza conforme sentía su cuerpo temblar, pero no estaba seguro de si era por el clima o si se trataba del terror por lo que vivió. Pese a que ahora deseaba algo de calor, Elliot no podía siquiera pensar en fuego otra vez... No lo soportaría ¿Así iba a sentirse por el resto de su vida?
Su llanto arreció al punto en que casi le fallaba la respiración. Seguramente no estaría sintiendose tan mal si hubiera muerto en la hoguera como se lo propusieron Doris y el resto... Eso habría sido mejor que lidiar con todas las emociones que se amontonaban en su pecho, como si quisieran romperle las costillas.
Estaba sumergido en sus propios pensamientos cuando un crujido sobre la nieve llamó su atención. Se dio cuenta hasta ese momento de que los gritos de antes pararon y que el único sonido que llenaba el aire era el de algunas aves y el del crepitar del fuego en la hoguera. Miró a su alrededor y movió las manos con dificultad para limpiarse la cara, llena de ollin.
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Tu alma es mía
FantasiElliot es un joven brujo que intenta seguir los pasos de su madre y ganarse la vida vendiendo pociones, sin embargo tiene un problema: la magia no se le da muy bien. Frustrado de no mejorar pese a años de práctica, decide evocar a un demonio para...
