Alessia:
—Están llamando a la puerta —les digo a los chicos, justo después de dejar en la nevera el postre recién terminado.
—Tranquila, yo voy —responde Mason, sacudiéndose las manos mientras se dirige hacia la entrada.
Intento llevar lo ensuciado al lavavajillas, pero Manson me detiene antes de que avance.
—Déjalo, yo lo hago —me dice con firmeza, y yo no puedo evitar fruncir el ceño.
Desde que se enteraron de mi embarazo, no me dejan mover un dedo. Es tierno, sí. Pero a veces también me molesta. No quiero que me traten como si fuera una figurita de porcelana a punto de romperse. Aunque se lo he dejado claro más de una vez, comparado con los primeros días… han mejorado. Ahora su sobreprotección, por lo menos, respira.
Mientras Manson recoge y Matthew arregla la mesa, salgo de la cocina y me dirijo a la entrada. Me quito el delantal sobre la marcha, dejando al descubierto mi vientre, ya redondeado y visible bajo la ropa.
Cuando llego, las miradas se posan sobre mí. Les respondo con una gran sonrisa.
Pero antes de poder decir una sola palabra, una pequeña figura pelinegra corre hacia mí como un torbellino. Sus bracitos me rodean con fuerza, abrazando mi torso.
Con algo de esfuerzo, la alzo entre mis brazos.
—¡Cuánto has crecido, mi niña hermosa! Ya casi no puedo contigo —le digo, y ella suelta una carcajada que parece música, envolviéndome el cuello con sus brazos.
—Te extrañé mucho, tía —me susurra.
—Y yo a ti —respondo, apartando un mechón de su cabello y dándole un beso en la mejilla.
—Bianca, ten cuidado de no lastimar a tu tía —interviene Alessandro con voz serena. Alzo la vista y lo encuentro allí, sonriéndome.—Hermanita.
Dejo a Bianca con delicadeza otra vez en el suelo, y avanzo hacia él. Nos fundimos en un abrazo largo y cuidado. Hace más de cinco meses que no lo veo en persona. La última vez fue justo un mes antes de enterarme de que estaba embarazada.
Tras la muerte de nuestra nona, él se mudó definitivamente a Italia para encargarse de la firma allá. Yo ocupé su puesto aquí, en Alemania.
Nos separamos apenas.Lo observo detenidamente. A pesar del paso del tiempo, sigue igual de atractivo, igual de imponente… Y sus ojos.
Sus ojos…
Los míos.
Los de nuestra abuela.
Los mismos que su hija Bianca heredó.
Un recuerdo viviente de ella.
Recuerdo la primera vez que vi esos ojos en una recién nacida. Hace siete años. El pecho se me contrajo cuando escuché el nombre que le dieron: Bianca. El nombre de nuestra abuela.En ese entonces, ella aún vivía, pero cada día se marchitaba un poco más.
Recuerdo cómo sus ojos se inundaron de lágrimas al sostener a la bebé por primera vez. Recuerdo cómo los suyos —tan sabios, tan cansados— se movieron entre mi hermano, la pequeña, y luego hacia mí… cargados de pena. Porque sabía, como nosotros, que no la vería crecer. Y que probablemente tampoco vería los hijos que algún día yo pudiera tener.Pero aún así, sonrió.Nos sonrió.Porque a pesar de todo… pudo conocerla. Pudo tenerla entre sus brazos.
Trago saliva, sacudida por la memoria. Vuelvo al presente, apartando ese nudo de nostalgia. Mi hermano me sonríe, y lo hace con una dulzura que parece entender exactamente dónde estuve, mentalmente, esos segundos.
Luego baja la mirada hacia mi vientre.Y con suavidad, como si fuera un gesto que honra algo más allá de él mismo…Lleva una mano hacia él.
—Bianca no es la única que ha crecido desde la última vez —reflexiona Alessandro con calidez, observándome con cariño. Yo asiento, sonriendo al notar cuánto tiempo ha pasado.
—Déjame ver, es mi turno —interviene Wanda, apartando a Alessandro con una sonrisa juguetona para colocarse frente a mí—. Qué hermosa estás. El embarazo te sienta de maravilla.
—Muchas gracias —le respondo—. Tú también luces espectacular. ¿Cómo estuvo el vuelo?..
Les hago un gesto para que se adentren en la estancia. Me acomodo en uno de los sofás mientras los chicos restantes saludan a los recién llegados. Bianca se entretiene jugando con Alpha, mientras los demás ocupan sus sitios, entablando una charla ligera.
Poco después, vuelven a llamar a la puerta. Esta vez es Matthew quien va a recibirlos. Regresa junto a Isaac y Aiden, cargados de energía y sonrisas.
—Ahora sí, ya estamos todos —anuncio poniéndome de pie—. Podemos comenzar la cena de Acción de Gracias.
Nos dirigimos a la mesa que compré especialmente para este día. Los chicos, como buenos anfitriones, se encargan de colocar toda la comida. Y como ya es costumbre, no me dejan cargar ni una bandeja para ayudarlos.
—¿Cocinaste todo esto tú? —pregunta Wanda, sorprendida, cuando ya estamos todos sentados.
—Sí. Los chicos y yo cocinamos todo —le digo, lanzándoles una mirada cómplice.
—Si cortar vegetales y revolver cazuelas cuenta como cocinar… entonces sí —dice Mason, sonriente, llevándose una cucharada generosa a la boca. Las risas brotan por toda la mesa.
—No sean tan modestos. Han mejorado mucho con los años —les digo con sinceridad.
—Pues el próximo año podemos hacer la cena nosotros —propone Wanda con entusiasmo haciendo que hasta mi pequeña sobrina levante la vista de su plato haciendo una mueca . Al contrario de mis chicos , ella no ha aprendido a cocinar nada de nada .Y todos los presentes han tenido la mala suerte de probar alguno de sus intentos fallidos.
—Ya veremos —responde Alessandro con un dejo de prudencia.
—Bueno… —tomo la palabra con una sonrisa y todos se giran hacia mí—. Ya que la mayoría de la familia está aquí reunida, tenemos algo especial que compartir: ya sabemos el sexo de los bebés.
Coloco una mano sobre mi vientre. Matthew, que está a mi lado, toma la otra con suavidad y la aprieta en señal de apoyo. Los chicos me miran, asintiendo, animándome a seguir.
—Son… —digo alargando la pausa, disfrutando de la expectativa—. Dos niños.
La mesa estalla en felicitaciones, risas, y comentarios emocionados. La alegría es contagiosa. Cuando todo se calma un poco, Isaac habla.
—Bueno… aprovechando el momento de noticias —dice, entrelazando su mano con la de Aiden. Ya hace casi un año que se casaron y aún brillan como el primer día—. Nosotros también queremos contar algo.
—Queríamos hacerlo desde hace tiempo, pero preferimos esperar hasta tener todo confirmado —añade Aiden, con una mirada llena de ilusión.
—Vamos a ser padres —dice Isaac, directo, y mi sonrisa se agranda automáticamente.
—Contratamos un vientre de alquiler. Todo se realizó con éxito, y la chica ya está encinta —explica Aiden.
—Joder, hermano. Muchas felicidades —dice Mason, dándole una palmada en el hombro a Isaac.
Me pongo de pie, abrazándolos con emoción. Los demás repiten el gesto, rodeándolos con entusiasmo, sumando risas, bromas y comentarios sobre nuestros futuros bebés.
Y así continúa nuestra cena de Acción de Gracias: con dos buenas noticias, mucho amor alrededor de la mesa, y un futuro lleno de nuevas vidas por venir.
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Alessia (+18)
Teen FictionAlessia, a sus 18 años, tiene todo su futuro claro: estudiar Derecho en la universidad y ser la mejor en lo que hace. Es una chica que no cree en el amor; ya había tenido una muy mala experiencia que la marcó profundamente. ¿Qué pasará cuando co...
