Alessia:
Salgo del auto, cierro la puerta con suavidad y me quedo esperando a que Manson agarre las bolsas del maletero. Cuando se acerca, comienzo a caminar hacia la entrada, pero él se apresura a interponerse en mi camino.
—Sabes… —dice, envolviendo mi cintura con sus brazos, bolsas incluidas. Por inercia, paso los míos alrededor de su cuello.—Podríamos escabullirnos —susurra, bajando el tono como si estuviera revelando un secreto—. Y pasar un delicioso rato a solas.
Inclino la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos, pero a medida que habla, va acortando la distancia hasta que su nariz roza la mía, sin llegar a besarme.
—Suena… —cierro los ojos, disfrutando de su cercanía, del tacto, del calor entre nosotros— realmente tentador. Pero no podemos.
—¿Por qué no? —pregunta, aunque sabe perfectamente la respuesta.
—Ya tenemos planes. Tus hermanos y los niños nos esperan —le recuerdo, abriendo los ojos por fin.
—Lo hacemos cada dos meses. Por una vez que lleguemos tarde… o muy muy tarde, no pasará nada —me tienta, dejando pequeños besos en mi mandíbula.
—Agradece que no lo hacemos todos los meses —le respondo con una sonrisa entrecortada.
—Ellos ni siquiera entienden realmente lo que celebramos —replica, bajando los besos hasta mi cuello.
—Pero nosotros sí… —le susurro, tragando en seco cuando se detiene justo en ese punto sensible que conoce tan bien.
—Más razón me das… ¿por qué no celebrarlo por nuestra cuenta? —dice con una sonrisa contra mi piel mientras yo suelto un suspiro tembloroso.
Y justo cuando siento mi voluntad tambalear, pongo un poco de distancia entre nuestros cuerpos, que ya comenzaban a fundirse demasiado rápido.
—Esta noche —le digo, tomando su mandíbula con firmeza— cuando los niños duerman, vamos a follar tan duro, en tantas posiciones, y durante tanto tiempo… que te pasarás toda la mañana siguiente durmiendo para recuperar las fuerzas.
Sus ojos se encienden.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo —le digo. Y nuestros labios se funden, sellando el trato como solo nosotros sabemos hacerlo.
Cuando siento que si seguimos así, acabaremos teniendo sexo en plena entrada de la casa, lo aparto con delicadeza y una sonrisa.
—Vamos… después de todo, no todos los días se cumplen un año y cuatro meses —le digo mientras empezamos a caminar.
Porque sí, exactamente un día como hoy, hace un año con cuatro meses, nacieron nuestros hermosos bebés.
Y cada momento desde entonces… ha sido el mejor regalo.
Ellos son dos gotas de agua.
Comparten muchos de mis rasgos: el cabello oscuro y abundante, la piel pálida, esa expresividad silenciosa que parece heredada en el gesto. Pero lo que los distingue, lo que marca la diferencia más íntima, son sus ojos.
Y esos ojos… son prueba clara de quién es su padre biológico. Pero eso, para mí —y para ellos— no cambia nada.
Porque aquí, en esta casa, en esta familia, los tres son sus padres.
Aaron, el mayor, tiene los ojos verde claro, casi grisáceos, exactamente como los de Matthew. Mientras que Asher, el menor, lleva el mismo tono azul verdoso tan característico de Mason.
—Ya llegamos —anuncio en voz alta, cruzando la puerta de casa.
Al escucharme, Marlene aparece desde la cocina. Intenta quitarle las bolsas a Manson, pero él no se lo permite. En cambio, la acompaña de regreso con ellas, cargándolas él mismo.
Desde que nos mudamos aquí, era evidente que necesitábamos a alguien que cuidara este espacio tan grande. Nadie mejor que Marlene. Los chicos la adoran como si fuera su propia nana, y yo confío en ella más que en nadie. La convencimos de que dejara la casa de sus antiguos empleadores para venir con nosotros. Aquí, es parte de la familia.
Cuando desaparecen de mi campo de visión, doy unos pasos hacia el salón.
Y entonces lo veo.
Matthew está en el sofá leyendo. En su regazo, dormido, Aaron respira pausado. Él siempre ha sido el tranquilo, el sereno. Y en la compañía de Matthew —el más paciente de los tres— encuentra su rincón perfecto.
Pero esa imagen apacible se disuelve rápido.
Porque en el pie de la escalera… aparecen Mason y Asher. Y yo suelto un grito ahogado, llevándome una mano a la boca.
Ambos están cubiertos de pintura.
Distintos tonos, distintos parches… sobre todo Asher, que tiene las mejillas regordetas teñidas de color.
Mason abre los ojos como platos.
—¡¡Mason!! —grito, acercándome.
—¿Ups...? —responde, intentando una sonrisa inocente.
—Ma…má —dice Asher, con una sonrisa contagiosa, extendiendo sus manitas hacia mí.
Y como siempre… eso lo cambia todo. Fue su primera palabra. La de ambos. Desde entonces, no dejan de usarla. Y nunca me canso de oírla.
Mason parece aliviado al ver cómo me relajo. Me acerco y alzo a mi pequeño sin importar la pintura. Él se aferra a mi cuello, jugueteando con mi cabello.
—¿Cómo… —me interrumpo antes de soltar una palabra no apta para niños— ocurrió esto?
—Estábamos pintando y… bueno, la cosa se descontroló un poco —responde como si no fueran un desastre viviente.
—¿Solo un poco? —pregunto con sarcasmo.
—No podía cortarle la creatividad. Podía traumatarlo —añade con seriedad fingida.
Entrecierro los ojos. Él ignora mi mirada y se acerca con una sonrisa encantadora.
—¿No vas a saludar como se debe al padre de tus hijos, velador de sus futuros y protector de sus presentes?
Sus palabras me arrancan una sonrisa. Y sí, lo dejo besarme.
—Al baño. Ya —le ordeno, apenas nos separamos. Su sonrisa es puro descaro.
—Vale… pero deja al niño con alguien. No queremos que se traumatice por lo que me quieres hacer —se ríe, y yo ruedo los ojos con una sonrisa inevitable.
—Tú y Asher. Baño. Ahora —repito con firmeza.
—Sonaba mejor la otra versión —dice con exagerada tristeza, tomando a Asher en brazos.
—También lo creo. Pero ahora no toca —le respondo, y luego bajo el tono, como quien esconde un secreto bajo llave—. Tal vez esta noche.
Mason levanta las cejas, insinuante.
—¿Esta noche?
—Esta noche —confirmo.
Se inclina y me da un último beso antes de subir las escaleras con nuestro niño en brazos.
Me reconforta saber que, una vez que los niños se acuestan… no se despiertan hasta el amanecer. Por el ruido no hay problema: insonorizamos la habitación. Y los monitores nos muestran a los bebés en tiempo real.
Camino hacia el salón. Me siento junto a Matthew y le beso los labios con dulzura.
—¿Sabes lo que hicieron tu hermano y tu hijo? —pregunto, acariciando el rostro dormido de Aaron, con cuidado.
—Escuché algo —responde Matthew, sonriendo, dejando el libro sobre el brazo del sofá.
—Son tal para cual —digo, negando con una sonrisa.
—Dios… qué futuro nos espera —susurra y mientras acomodo mi cabeza contra su hombro, él apoya la suya sobre la mía.
—Uno realmente hermoso…
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Alessia (+18)
Fiksi RemajaAlessia, a sus 18 años, tiene todo su futuro claro: estudiar Derecho en la universidad y ser la mejor en lo que hace. Es una chica que no cree en el amor; ya había tenido una muy mala experiencia que la marcó profundamente. ¿Qué pasará cuando co...
