Capítulo 39

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Alessia:

Bostezo mientras me estiro en la cama, dejando que el sol acaricie mi piel con suavidad. Me levanto con pereza. Adler sigue dormido, sus respiraciones profundas y su expresión tranquila.

Sonrío.

Voy al baño. Una ducha rápida para espabilarme. Anoche… hicimos muchas cosas. El cuerpo todavía lo siente, ese cansancio dulce que no pesa, solo permanece como recuerdo.

Salgo envuelta en una toalla, el cabello aún húmedo cayéndome sobre los hombros. Adler ya está despierto, sentado, con la espalda recostada al cabezal. Me mira. Expectante. En silencio.

—¿Te arrepientes? —me pregunta. Es lo primero que dice.

Niego con la cabeza. Me acerco.

—No. No me arrepiento de nada.

Le sonrío. Me siento a horcajadas sobre su regazo, sintiendo su piel contra la mía. Apenas me tapa la toalla, pero la cercanía habla por sí sola.

—De hecho… estaba pensando en hacer un trato.

—¿De qué se trata? —pregunta, sus manos en mis caderas, acomodándome mejor sobre él.

Me muerdo el labio al notar lo duro que está bajo mí. Ambos estamos desnudos. El calor entre nosotros no desapareció con la noche.

—Que follamos el tiempo que estemos aquí… —le explico—. Pero cuando volvamos a casa, seguimos como siempre. Sin afectar nuestra amistad.

Él me observa. Luego sonríe. Pícaro.

—Me gusta el trato.

Sus dedos deshacen el nudo de mi toalla, que cae como una caricia sobre la cama.

—¿Y qué tal si… lo formalizamos ahora mismo?

—Me gusta la idea —susurro, justo antes de juntar nuestros labios.

.....

Después de la follada matutina —intensa, cómplice, deliciosa—, Adler regresó a su habitación para arreglarse mientras yo me entregaba a una segunda ducha. El agua fría serpenteaba por mi piel como si intentara borrar el recuerdo… pero en lugar de eso lo tatuaba más profundo.

Me puse un bañador negro de corte elegante, con tirantes cruzados que acentuaban mi espalda. Hoy, el plan era sencillo y perfecto: playa, sol, mar. Lo demás… se improvisaría.

Pasamos por la habitación de mi hermano para invitarlos, pero nos dijeron que se unirían más tarde. También se encargarían de avisar a la abuela.

La playa nos recibió como una postal viva.

El cielo abierto, el Mediterráneo desplegado como un manto azul interminable. La arena era clara y suave, salpicada con sombras de palmeras y risas lejanas. Alquilamos un pabellón apartado, con cortinas ligeras que danzaban al ritmo de la brisa marina. Dentro, tumbonas de mimbre, bebidas frías y una atmósfera de calma perfumada por sal.

Ahora, tumbada boca abajo en una de las tumbonas, siento las manos de Adler deslizándose por mi espalda con protector solar. Con esa presión justa que se siente más a masaje que a rutina.

En ese momento, hago una videollamada.

Aiden me responde, sonriendo desde lo que parece un rincón de la universidad.

—Amiga, estás divina.

—Gracias. Me sienta bien la playa —respondo, con una sonrisa relajada.

Issac aparece detrás de él, lo sorprende con un abrazo juguetón.

—Pero mira a quién tenemos aquí —dice entre risas—. La desaparecida.

Alessia (+18)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora