Alessia:
—Vaya… me han dejado impresionada —digo al terminar el postre, saboreando no solo el dulce, sino toda la dedicación detrás de él.
—Tantos años a tu lado, ya era hora de que aprendiéramos a cocinar algo comestible —dice Mason con una sonrisa pícara.
Hoy se encerraron todo el día en la cocina sin dejarme ver ni un solo detalle. Cuando anocheció, me vendaron los ojos y me condujeron al patio trasero. Al llegar, me encontré con un rincón mágico junto al lago: luces cálidas adornaban los árboles, guirnaldas se entrelazaban entre faroles, y una mesa elegantemente preparada nos esperaba como en un cuento. Velas, platos bien servidos… y una atmósfera de ensueño.
Y lo mejor: la comida estaba deliciosa. No hubo intoxicación alguna. Un éxito rotundo.
—Ha sido una noche increíble —les digo con el corazón liviano y la sonrisa sincera.
—Y todavía no ha terminado —me responde Matthew, devolviéndome la sonrisa con un brillo distinto en los ojos.
—¿A qué te refieres? —le pregunto, sintiendo cómo la emoción comienza a despertar en mí sin saber exactamente por qué.
—Ven —dice Manson, poniéndose de pie y tendiéndome su mano.
Los demás lo imitan. Me pongo de pie y camino con ellos hacia la orilla del lago. Manson se detiene a pocos pasos del agua, me suelta la mano y retrocede hasta posicionarse junto a sus hermanos.
—¿Qué sucede? —pregunto al verlos en silencio, mirándome como si todo estuviera a punto de cambiar.
Matthew traga saliva. Saca del bolsillo un pequeño control y lo activa.
Una explosión suena detrás de mí.
Me giro.
Luces de colores estallan en el cielo nocturno, reflejándose en la superficie quieta del lago. Mi boca se abre en asombro. Pero lo que me deja sin aliento… son las palabras que dibujan esas luces: ¿Serías nuestra esposa?
Me quedo quieta, absorbida por el espectáculo.
Y cuando por fin me giro hacia ellos… los encuentro de rodillas frente a mí.
Mason, en el centro, sostiene una caja pequeña de terciopelo negro. En su interior, un anillo reluce con elegancia.
—¿Nos harías el honor de casarte con nosotros? —me pregunta Mason.
—¿Nos harías los hombres más felices y afortunados del mundo al pasar el resto de nuestra vida contigo? —suma Matthew, con emoción en cada palabra.
—¿Serías nuestra esposa? —completa Manson, con los ojos brillando.
No hay titubeos.
Ni en sus voces.
Ni en mi corazón.
—Sí. Sí quiero —respondo, con la voz temblorosa de felicidad.
Sus rostros se iluminan con sonrisas que podrían apagar las estrellas.
Mason toma el anillo y lo desliza en mi dedo anular. Queda perfecto. Hermoso.
No me dan mucho tiempo para admirarlo. Vienen hacia mí, uno a uno, dejando besos largos y deliciosos en mis labios, cargados de alegría, compromiso… y amor.
—Los amo mucho —les digo cuando por fin nos separamos.
—Y nosotros a ti, aún más —me responde Matthew, en nombre de todos.
Y de repente…
siento cómo un líquido cálido y pegajoso recorre mis piernas.
Abro los ojos de par en par y bajo la mirada. Un charco comienza a formarse en el suelo.
Los chicos también lo notan. Silencio. Denso.
Contundente.
Hasta que Mason, claro, lo rompe:
—Vaya… sí que te emocionaste —dice con una risa nerviosa.
—No es momento para bromas, idiota —lo reprende Manson, visiblemente tenso.
—Oh por Dios… ya vienen —susurra Matthew, ajeno a la pelea, llevándose una mano a la boca.
Yo me aferro a mi barriga, el corazón latiendo a mil. Ellos siguen divagando.
—Era para aliviar la tensión, imbécil —replica Mason.
—Pues no hizo ni una mierda, estúpido —escupe Manson.
—No me lo puedo creer… ya vienen —repite Matthew, como un mantra en pánico.
Yo cierro los ojos, respiro hondo y me llevo los dedos al puente de la nariz. Estoy implorando paciencia. Pero el caos me rodea.
—¡Cállense de una puta vez! —grito, con toda la fuerza que tengo.
Silencio sepulcral.Suelto un largo suspiro. Los miro.
—Estoy teniendo a los bebés. En estos instantes. ¿Pueden centrarse de una vez?
—Tienes razón —dice Matthew, recobrando la compostura—. Llévenla al auto. Yo busco las cosas.
Sus hermanos asienten. Matthew corre hacia la casa.
Por suerte, el bolso de emergencia estaba listo.
—¿Puedes caminar o te llevamos en brazos? —pregunta Mason, ya preocupado.
—Yo puedo —le digo, aunque cada paso me parece una travesía.
Ambos me toman del brazo, ayudándome cuidadosamente.
(...)
—Oh Dios… —gimo entre dientes cuando otra contracción me toma por sorpresa.
Cada vez más seguidas.
Cada vez más intensas.
Cada vez más insoportables.
—Sigue así, lo estás haciendo muy bien —me alienta la doctora David, firme, tranquila, metida entre mis piernas como si esto fuera su campo de batalla.
Grito.
Y vuelvo a gritar.
—Respira… —me susurra Mason, agarrando mi mano derecha.
Manson sostiene la izquierda.
Matthew está junto a mi cabeza, pasando un paño húmedo por mi frente, como si eso pudiera mitigar el fuego.
—No me digas que simplemente respire —le lanzo, apretando sus manos—. No tienes ni idea de lo que estoy pasando.
Le clavo una mirada asesina. Él cierra la boca. Y no la vuelve a abrir.
—Empuja —dice la doctora.
Y yo lo hago. Lo intento. Pero siento que nada cambia.
—No me volverán a tocar en su vida —grito, furiosa, mientras el dolor me parte.Veo sus caras pálidas. Los ojos desorbitados.—Bueno… usaremos condón —me corrijo entre dientes, aferrándome a cualquier lógica.
La doctora se ríe. Y yo sigo.
Empujo cuando me lo piden. Grito cuando ya no puedo más.
Y entonces…
el primer llanto.
Pero no me detengo.
Empujo otra vez.
Otra explosión de dolor.
Otra vida que llega.
Los dos bebés.
Sanos.
Hermosos.
Los chicos lloran.
No me lo dicen, no me lo gritan… pero sus rostros lo confiesan todo.
Cuando los tengo entre mis brazos —esas suaves masitas de carne tibia y rosada, con sus ojitos cerrados y una capa de cabello oscuro— siento que el universo se reduce a este instante.
Sus respiraciones.
Sus rostros.
Su fragilidad.
Y todo cobra sentido.
Cada contracción, cada espasmo, cada queja…
Lo repetiría mil veces. Por ellos. Por esto.
Cuando por fin desvío la mirada hacia mis chicos, los veo igual que yo. Con lágrimas deslizándose libres por sus mejillas. Con sonrisas que no caben en sus caras.Y sé, sin que lo digan, que, como yo , ya los aman.
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Alessia (+18)
Fiksi RemajaAlessia, a sus 18 años, tiene todo su futuro claro: estudiar Derecho en la universidad y ser la mejor en lo que hace. Es una chica que no cree en el amor; ya había tenido una muy mala experiencia que la marcó profundamente. ¿Qué pasará cuando co...
