cincuenta

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El pasillo estaba en penumbras, apenas iluminado por la luz que se filtraba a través de las ventanas. Aroa estaba apoyada de espaldas contra la puerta cerrada de la oficina en la que Ace se había encerrado desde ayer. Habían pasado horas desde que leyó la noticia, desde que su mundo tambaleó bajo la cruda realidad de lo que había sucedido mientras ellos estaban fuera del ojo público. No había sido necesario intercambiar palabras. Ella lo había visto en sus ojos, en la forma en que su mandíbula se tensó y su cuerpo se endureció como si lo hubieran golpeado con toda la fuerza del mar. Algo dentro de Ace se había roto... o quizás, algo que nunca terminó de sanar, se había vuelto a abrir.

Aroa suspiró, pasándose la mano por la frente con frustración. Sabía que él necesitaba tiempo, pero eso no evitaba la preocupación que le carcomía el pecho. Su instinto le gritaba que lo sacara de ahí, que lo obligara a hablar, a sentir, a hacer algo en lugar de quedarse encerrado en su propio tormento. Pero también sabía que Ace no era fácil de tratar cuando se encerraba en sí mismo. Forzarlo solo lo haría cerrarse más.

Con un gruñido bajo, se apartó de la puerta y caminó con pasos decididos hacia su habitación. Necesitaba respuestas. Si Ace no quería hablar, entonces ella se encargaría de averiguar qué demonios había pasado con más detalles de los que un periódico podía darle.

Se dejó caer sobre su cama y cogió el den den mushi que guardaba en su mesita de noche. Sin dudarlo, marcó un número que no usaba desde hace casi un año.

El tono sonó una, dos veces... y luego, la voz despreocupada y ronca de Shanks llenó la habitación con un entusiasmo que contrastaba demasiado con su propio humor.—¡Vaya, vaya! ¡Pensé que te habías olvidado de mí, mi pequeña bruja! —soltó con diversión—. ¿Me extrañaste? Apuesto que piensas en mi todos los días.

Aroa dejó escapar un suspiro de satisfacción al escucharlo que escondió con fastidio. No le diría que sí, pero la verdad era que después de tanto tiempo, escuchar su voz le daba una extraña sensación de familiaridad y estabilidad.

—Si te sirve para inflar tu ego, puedes pensarlo —respondió con sarcasmo, masajeándose las sienes.

Shanks soltó una carcajada.

¡Han pasado meses! ¡Casi un año! Pensé que te habías muerto o que el pecoso finalmente te consumió y te rendiste en lo de la familia feliz—bromeó evitando decir el nombre de Portgas—. Hablando de eso... ¿cómo están ustedes dos?

Aroa sintió que una pequeña sonrisa ladeada se formaba en sus labios, pero su cansancio la hizo desaparecer rápido.—Estamos bien.

¿"Bien"? —repitió Shanks, con fingida decepción—. Esperaba una respuesta más jugosa, detalles, drama. Estos días han sido muy lentos en el barco. No me digas que todavía no se han dejado llevar por las hormonas.

Aroa soltó una risa seca.—Eso es imposible.

¡Ugh! ¡En realidad no quiero más detalles de cómo se corrompieron mutuamente!—Shanks se quejó exageradamente, como si realmente le afectara, y Aroa solo rodó los ojos con diversión.

—Eres un metiche, ¿lo sabías?

Lo llevo con orgullo si se trata de ti—contestó con alegría, el pelirrojo amaba a esa mocosa—. ¿Y el mocoso? ¿Newtie?

Aroa suspiró y cruzó las piernas sobre la cama.—Newt está bien. Está aprendiendo a pelear desde hace meses.

Vaya, vaya... que buena crianza—Shanks sonó impresionado—. Pensé que lo de ser madre te duraría menos.

witch | portgas d. aceDonde viven las historias. Descúbrelo ahora