cincuenta y tres

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La selva que rodeaba el archipiélago Sabaody zumbaba con el canto de insectos y el crujido de hojas húmedas bajo los pies, pero lo único que rompía el silencio natural era el sonido visceral de Aroa vomitando entre los arbustos.

Arghh... maldita aparición... —murmuró entre arcadas, con la cara arrugada en una mueca de absoluta miseria.

A su lado, su padre reía. Esa risa rasposa, profunda y burlesca que no ayudaba en lo absoluto a su ya humillada situación.

—Joder... vete... —gimió Aroa con la voz áspera mientras se inclinaba de nuevo, los nudillos blancos aferrando las ramas del arbusto. El estómago parecía querer darle la vuelta.

Rayleigh, sin perder la sonrisa, sostenía su cabello con una mano firme y paciente, como lo había hecho cuando era una niña con fiebre. Ahora solo era una mujer hecha y derecha... que vomitaba como una novata.

—¿Y dejarte sola? Eso me convertiría en un mal padre —respondió con fingida indignación, mientras se apartaba una hoja del rostro.

—Ya eres un mal padre si te burlas de mi—gruñó ella entre arcadas—. ¡Vete! ¡Estoy bien!

—Mentira evidente número uno —apuntó él con buen humor.

Cuando por fin el vómito cesó, Aroa se desplomó de rodillas al suelo cubierto de hojas, jadeando como si acabara de correr tres maratones. Tenía el rostro sudado, y su frente pegajosa brillaba bajo los rayos del sol que se filtraban entre las copas de los árboles. ¿Había mencionado que no le gustaba vomitar?

Rayleigh le tendió una cantimplora de metal sin decir una palabra.

Ella la agarró como si fuera oro líquido y bebió con ansias, el agua fría corriendo por su garganta maltratada. Después de varios tragos largos, hizo una pausa solo para quejarse con un quejido suave:—Ugh... todavía sabe a vómito...

—El encanto de aparecerse como un demonio, ¿no? —murmuró Rayleigh, cruzándose de brazos.

—¿Quién diablos pensó que moverse por una dimensión distorsionada no iba a causar náuseas? —bufó ella, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Rayleigh guarda la cantimplora en su bolsillo y se cruza de brazos.

—Creí que te demorarías más días en volver —comentó él casualmente, observando cómo se incorporaba con dificultad.

—Yo también —dijo Aroa con voz aún áspera—. Pero al final sólo tenía que decirle algo a Luffy. Algo simple.

Rayleigh alzó una ceja, curioso, mientras le daba un leve empujón con la cadera.—Entonces vamos. Shakky seguro tiene ron frío en el bar.

Aroa asintió, aún un poco pálida, pero ya caminando con paso más firme. Se acomodó la capa, se echó el cabello hacia atrás y empezó a hablar... como si hubieran abierto una válvula interna.

—Entonces... verás, pasaron muchas cosas desde la última vez. Cinco años, ¿sabes? Primero me encontré con un mapa viejo en una cueva en Little Garden —y comenzó a gesticular con las manos, dramatizando cada frase con el entusiasmo de una actriz de teatro—. ¡Y luego me secuestró un grupo de sirenas radicales en las corrientes del oeste, casi llegando a la Isla Gyojin! ¿Sabías que hay una religión entera que cree que el One Piece está bajo tierra?

Rayleigh simplemente caminaba a su lado, sonriendo, asintiendo de vez en cuando. No interrumpía. No tenía que hacerlo. Su hija hablaba como si estuviera descomprimiendo años de silencio a borbotones, como una cotorra.

Y él estaba encantado de escucharla.

Fruncía el ceño en ciertas partes —como cuando mencionó un duelo contra bandidos fingiendo ser vagabunda— pero no decía nada. Porque por dentro sabía que, de haber sido él, habría hecho algo peor. Más temerario. Más estúpido.

witch | portgas d. aceHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora