cincuenta y seis

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Newt supo que era su momento en cuanto escuchó el primer ronquido grave de su padre. Luego vino el segundo, más largo y estrepitoso de su madre. Y al final, la respiración apacible —casi imperceptible— de Elon. Perfecto, pensó.

Dejó de fingir que dormía. Abrió apenas un ojo y luego el otro, apartando las sábanas con el cuidado de un gato curioso. El aire nocturno le acarició las mejillas y la piel expuesta de los brazos. El dormitorio común estaba sumido en una penumbra cálida, sólo iluminada por la débil luz lunar que se filtraba entre las cortinas mal cerradas.

Giró apenas la cabeza hacia la hamaca de al lado. Elon dormía abrazado a una almohada como si fuera un salvavidas, su respiración tranquila y el ceño relajado, como si por fin estuviera en paz con el mundo. Newt sonrió de lado con su usual expresión traviesa, luego miró a Aroa y Ace, ambos abrazados entre sí entrelazando sus extremidades de una forma muy incómoda pero que para ellos parecía ser bastante cómodo.

Con movimientos ágiles, bajó descalzo de la cama. No pensó en abrigarse ni en calzarse. Demasiado lento, perdería tiempo, se dijo a sí mismo. Caminó con sigilo felino por el corredor del barco, esquivando con habilidad las tablas que crujían que ya conocía de memoria. Con cuidado, cerró la puerta que daba a la cubierta principal. No hizo ruido. Había perfeccionado el arte de escabullirse los últimos años.

Y ahí estaba a quien buscaba.

Rayleigh, su abuelo.

El viejo estaba de pie en la punta de la proa, mirando el mar con los brazos cruzados y la espalda recta, sin miedo. La brisa le agitaba la capa, y su silueta recortada por la luna daba la sensación de una estatua antigua, inmóvil y sabia. El océano frente a él era una planicie oscura, salpicada de reflejos de luna como si el cielo se hubiera deshecho sobre el agua. El barco era iluminado no solo por la misma luna, sino también por algunas lámparas de aceite en cada mástil o esquina.

—Ni siquiera trates de asustarme, Newt —dijo sin volverse.

El niño frunció el ceño. Sabía que lo había notado desde el momento en que pisó la cubierta.

—Tch, tramposo —murmuró y caminó hacia él, sin apuro.

Subió de un salto a la baranda con la gracia de quien ya está acostumbrado a ser imprudente, y se sentó ahí con las piernas colgando. No sentía miedo de las alturas, ni al oscuro mar. Sabía que si se caía, Rayleigh lo atraparía con facilidad.

—¿Por qué no duermes? Es tarde —preguntó Newt sin dobles intenciones, sin apartar la vista del horizonte.

—Yo debería hacerte esa pregunta, mocoso —respondió Rayleigh, divertido, mirándolo de reojo.

—Sabía que estarías aquí —se encogió de hombros—. Llevas mirando el mismo lugar todo el día. Era obvio que lo harías de noche también. Es el tiempo de las estrellas.

Rayleigh soltó una risa breve, esa que solo salía cuando se sentía realmente relajado.

—Pequeño observador —murmuró con una sonrisa torcida—. Que bueno que estás aquí. Justo quería hablar contigo, por suerte.

Newt lo miró con curiosidad, ladeando la cabeza.—¿Conmigo? ¿Por qué conmigo? Hemos hablado todo el día, viejo.

—¿Viejo?

—Así es como te dice mamá. Y Elon también.

Rayleigh rodó los ojos, visiblemente resignado.—Podrías inventarme otro apodo, ¿sabes? Normalmente los nietos les ponen apodos a sus abuelos.

—¿Y "viejo" no es un apodo?—Preguntó de forma inocente inclinando la cabeza.

Rayleigh sintió cómo le tiritaba el párpado del estrés. Ese niño tenía ese tipo de humor de Aroa.—Uno muy desagradable e irrespetuoso que utiliza tu madre, mocoso.

witch | portgas d. aceDonde viven las historias. Descúbrelo ahora