«No dejemos que nuestra historia termine como un cuento efímero,
hagámosla tender a infinito, yo sé que podemos:
nuestro amor es capaz de eso y más». -Manuel Ignacio.
*
Nora y Alejandro empezaron su relación como algo fugaz, algo de una noche.
Nora...
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CAPÍTULO 28 NORA
Los brazos de Ale rodean mi cuerpo y me sostienen pegada a su torso desnudo mientras contemplamos en silencio el suave bailar de las llamas encendidas de las velas en el baño. Sus dedos se mueven sobre mi piel, me atrevería a decir que inconscientemente, haciendo dibujitos invisibles.
Mueve las manos a lo largo de mis brazos y envuelven mis muñecas. Guardo silencio mientras él se inclina sobre mi hombro, levanta mi mano y después siento sus labios sobre mis muñecas, que siguen rojas por el amarre de la corbata. Sus besos son cortos, suaves y tiernos.
Cierro los ojos y recuesto la cabeza en su pecho.
—Nora —susurra y besa mi mejilla —. Hay algo que quiero decirte.
Abro un ojo.
Suena demasiado serio. Y por eso ahora el corazón empieza a latirme rápido. Nunca me ha gustado escuchar ese tipo de palabras, siempre son malas noticias. Como la vez que mis padres me sentaron en la sala para decirme que el abuelo había muerto o cuando lo hicieron para decirme que mi perro, que estuvo casi quince años conmigo, también había muerto. O la vez que lo hicieron para decirme que por haber confiado en quien no debía habían unas fotos mías circulando en los celulares de mis compañeros en la escuela. O cuando mis «amigas» me dijeron que sus padres les prohibían juntarse conmigo porque yo no era buena. O la vez que mi ex me dijo que no podía seguir conmigo porque yo era muy «liberal».
Siempre, después de un «tenemos que hablar» o «debo decirte algo» viene algo malo y no quiero eso con Alejandro.
—Tranquila —pone su mano en mi pecho —. No creo que sea algo malo. —Besa mi mejilla de nuevo —. Quiero darte algo, en algún momento, quiero darte algo —vuelve a acariciar mis brazos —, porque te he dicho ya más de una vez que lo mío es tuyo y que quiero una vida contigo.
El corazón, que ni siquiera se me había tranquilizado antes, me late más rápido y fuerte. Sus brazos dejan de rodearme, y aunque el agua está caliente, siento frío por su ausencia a mi espalda. Eso lo hace peor. Eso no disminuye mis nervios ni mi frecuencia cardíaca. Al contrario.
Pero todo lo que hace es levantarse y sentarse frente a mí. Sonríe al verme. Sé que debo tener los ojos abiertos, muchísimo, por el susto.
—Y después preguntas que porqué te llamo como te llamo.
—¿Qué?
—Tus ojos, gatita. Verdes y con las pupilas dilatadísimas.
Frunzo las cejas.
—¿Acabas de compararme con un gato?
Sonríe burlón.
—Ya no estás nerviosa. Estás fingiendo enojo, pero puedo lidiar con eso.
Mete las manos en el agua y me sujeta de las caderas, jalándome hacia sus piernas. Quedo a horcajadas sobre él. Llevo mis manos a sus hombros, donde termino apoyando mis brazos y acaricio su pelo mojado.