Extra: somos amigos

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Nora

Hago una mueca al caer en cuenta de que de nuevo pienso de más en cierto guapo de ojos grises.

Me parece insoportable y estresante que se adueñe de mi mente cuando no hacemos más que intercambiar mensajes, un par de citas, una metida de mano y... suspiro y aprieto las piernas al recordar lo de hace unas semanas en el estacionamiento del cine. Y todo en cuestión de poco más de dos meses. Yo nunca hablo con un tipo más de un mes, ni siquiera llego al mes porque todos me aburren, son intensos o termino bloqueándolos. Pero Alejandro... ha sido distinto.

Y es extraño.

Estamos a nada de terminar este Abril y yo no veo que él me aburra, es todo lo contrario. Pero igual sigue dándome miedo. Miedo de que en algún momento todo falle.

Veo las hojas sobre mis muslos, luego el celular sobre la mesita de café y ruedo los ojos cuando esa jodida canción de Lady Gaga se reproduce al fondo. Sé que Alejandro, mi Alejandro, está en el gimnasio, me lo dijo hace casi una hora. Sonrío casi de inmediato cuando el celular suena, y sé que es él por el sonido de la notificación.

Me ordeno a borrar la sonrisa e ignoro el celular unos minutos en los que finjo hacer mi tarea. Es una pena que Kinleigh no lleve este curso conmigo porque ya estaría de descarada copiándole la tarea, y es una pena que no esté en casa, porque estaría pidiéndole ayuda.

—Alejandro... Alejandro... —murmuro al ritmo de la canción.

Don't call my name, don't call my name, Alejandro...

Pero yo sí quiero que llame mi nombre.

Más si lo hace con esa voz ronca, profunda y...  mejor aún si lo hace agitado, conmigo sobre él o él sobre mí... sí eso me gustaría más, ver su cadena guindando sobre mi cara, sus fuertes brazos a mis costados, mis manos aferradas a su espalda ancha y...

Me sobresalto y salgo de mi ensoñación cuando la puerta es golpeada con fuerza.

Sé que Leigh no es porque dijo que hoy se quedaba con Thomas, además, ella tiene llaves. Así que, ¿quién diablos viene a esta hora y en medio aguacero?

—¡Ya voy!

Me quito la enorme y pesada sábana que Leigh y yo mantenemos en el sofá y rodeo el sofá para abrir.

Casi me voy de culo al ver que es Alejandro el que está ahí. Mojado por la lluvia, con mechones húmedos cayéndole sobre la frente, unos ojos pícaros, una sonrisa ladeada coqueta, con la ropa pegada completamente a su torso marcado y sus bíceps gruesos y... no quiero seguir bajando la vista.

—¿Me dejas pasar, gatita? —pregunta con burla —. No queremos que me enferme, ¿o sí?

—Tienes suerte de que estudie medicina.

Sonríe.

—¿Por qué? ¿Cuidarías a este pobre moribundo?

Me lamo los labios y oculto mi sonrisa.

—Y te haría sentir mejor.

Alejandro se ríe, haciendo su manzana de Adán subir y bajar. Sigo con la mirada como una gota cae de su cabello, pasa por su cara y se pierde en su cuello.

—Tengo frío, Nora.

Me hago a un lado, dejándole espacio para que entre, pero no lo hace.

—Voy a mojar todo.

—¿Incluida yo?

Enarca una ceja, se pasa la lengua por los labios y ensancha su sonrisa.

—Nora... —dice en voz baja —. De esa forma yo no juego, no al menos que quieras que lo cumpla.

Querida NoraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora