«No dejemos que nuestra historia termine como un cuento efímero,
hagámosla tender a infinito, yo sé que podemos:
nuestro amor es capaz de eso y más». -Manuel Ignacio.
*
Nora y Alejandro empezaron su relación como algo fugaz, algo de una noche.
Nora...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
CAPÍTULO 48 NORA
Kinleigh me ve con extrañeza.
Finjo no darme cuenta mientras veo a Nathaniel que succiona mi pezón con fuerza. Ahora lo hace bien un poco mejor. Paso, con cuidado, mi mano libre por su cabecita llena de abundante cabello negro y después, paso mi dedo por su mejillita sonrojada y sonrío cuando su boquita se tuerce en una mueca que parece una sonrisa.
Veo de reojo a mi amiga, que nos sirve la cena.
—¿Vas a dejar de verme así?
—Así ¿cómo? —pregunta con desinterés, pero la conozco y sé que mi lado chismoso ahora forma parte de ella.
—Me estás viendo raro, Kinleigh.
Entrecierra los ojos y camina hacia mí con un plato en cada mano. Deja ambos sobre la mesita y se devuelve a la cocina por los vasos con jugo. Cuando vuelve a la sala, Nathaniel ya ha dejado de comer y ella se ofrece a sacarle los cólicos.
—Se te enfriará la comida.
—¿Y tú comiste algo desde el almuerzo?
No.
Porque Alejandro y yo hablamos y luego nos dormimos con Nate y después él se fue apenas Kin llegó. Dijo que tenía que arreglar unas cosas en el apartamento nuevo.
—Dame al bebé, Nora, y come.
Ruedo los ojos.
—Sí, mamá.
Me cubro el pecho y le doy a Nate, que está desparramado en mis brazos con la boquita entreabierta. Kinleigh lo carga como si hubiera dedicado su vida a ello, lo acomoda en sus brazos con cuidado y experiencia mientras le habla. Murmura algo bajito cuando empieza a moverse. Entonces algo me golpea con fuerza: claro que Kin sabe cómo cargar y cuidar a un bebé, porque ella cuidó, cargó y cambió a su hermanita cuando ella, mi amiga, era una niña.
Me pasa, muy ágilmente, uno de los platos de comida y sonrío viendo a mi amiga con mi bebé. Verla así me confirma que si algún día, por alguna razón, Alejandro y yo no estamos, ella podría cuidar a mi bebé de la manera más pura posible.
—Bonito anillo —suelta de repente.
Toso, atragantándome con el pollo.
Esa es mi respuesta a por qué me veía raro.
—Supongo que es la razón por la que esa sonrisa bobalicona no se borra de tu rostro y el por qué Alejandro salió de aquí con una sonrisa de oreja a oreja.
Tomo un poco de jugo.
—¿Algo que quieras contarme?
Me meto un buen trozo de pollo a la boca. Kinleigh se ríe y se sienta a mi lado con mi bebé dormidito sobre su pecho. No dice nada mientras golpea suavemente la espaldita de Nate y me ve comer. Sabe cómo ser necia e intensa cuando se lo propone.