Capítulo 35

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CAPÍTULO 35
ALEJANDRO

—¿Dónde vas? —Me detengo en la puerta de mi apartamento e inspiro hondo antes de girarme hacia mi madre.

—A la oficina.

Es mentira.

Voy donde Kinleigh, quien ayer me escribió diciendo que ya había vuelto y que si tenía alguna pregunta podía ir a su casa. Tengo cientos de preguntas. Preguntas que han causado ciertos recuerdos borrosos que llegan y se van con la misma rapidez de mi cabeza.

Se limpia las manos en un paño y ladea la cabeza.

—No creo que...

—Que no recuerde cosas no quiere decir que no pueda ir a ver cómo han funcionado todo sin mí. —Sonrío —. Supongo que volverás a casa hoy.

Por unos segundos evita verme a los ojos. Ya lo sabía, pero nada perdía con intentarlo.

—Nos vemos luego.

Asiente y sin decir nada más, salgo de casa. Debería de buscar cómo conseguirme un auto. Transportarme en taxi no es de mi agrado ya, pero es a lo que me he limitado desde el accidente porque mi auto quedó completamente destrozado.

Y porque mi madre da un grito al cielo cada vez que digo que quiero otro auto.

Detengo un taxi y le doy la dirección que Kinleigh me envió hace un rato. Nora no está ahí, pero me paso las manos por el pantalón con nerviosismo a medida que nos acercamos a nuestro destino. Quizás me sienta así por saber que estaré en lugar que es suyo. En un lugar al que estoy seguro fui muchísimas veces. El auto se detiene frente a un apartamento. Paredes de ladrillos, puerta de madera oscura y unas gradas de cemento me esperan. Subo las gradas despacio y me acomodo el saco.

Inspiro profundo antes de golpear la puerta.

El corazón me late rápido y las manos me tiemblan un poco.

Pero sé que Nora no está aquí.

Kinleigh dijo que estaba sola.

La puerta se abre, dejándome con la mano suspendida en el aire, y frente a mí está Kinleigh.

—Estaba esperando a que tocaras, ¿sabes? —dice con una sonrisa —. Aunque antes no necesitabas hacerlo, tenías llaves.

Me meto las manos en los bolsillos del pantalón y frunzo las cejas.

—¿De verdad?

Asiente y se hace a un lado.

—¿Quieres entrar o quieres acompañarme a pasear a Bailey antes de que James venga?

—¿Bailey?

Me señala detrás suyo, donde un enorme y bien cuidado Golden Retriever mueve la cola y ladea la cabeza.

—Solo está aquí un par de horas, es mío, pero James lo mantiene en su apartamento porque aquí no puedo tenerlo.

Asiento.

—Me gustaría pasar.

Ella sonríe y se aparta del todo para dejarme pasar. El interior del apartamento me hace sentir cómodo, es acogedor y me resulta muy familiar. La sala y la cocina están en una misma estancia, divididas únicamente por una pequeña isla de cerámica blanca. Hay un sofá rojo y un sillón café, con una mesita de madera en medio, llena de dibujos y algunos son solo garabatos. Tienen un par de plantas que adornan las esquinas y unos cuadros bastante bonitos de la ciudad o paisajes con atardeceres y otros varios con las estrellas. Sonrío al ver la firma de la rubia a mis espaldas en cada uno de ellos.

Querida NoraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora