«No dejemos que nuestra historia termine como un cuento efímero,
hagámosla tender a infinito, yo sé que podemos:
nuestro amor es capaz de eso y más». -Manuel Ignacio.
*
Nora y Alejandro empezaron su relación como algo fugaz, algo de una noche.
Nora...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
CAPÍTULO 39 ALEJANDRO
Nora y yo nos conocimos en un bar.
Nora y yo acordamos algo casual.
Nora y yo teníamos reglas.
Nora y yo rompimos las reglas.
Nora no quería nada y yo... quería todo.
Nora ahora está entrando a su apartamento y yo... la sigo.
Me invitó a venir después de que ella me contara un poco de todo lo que fuimos durante tres años. No esperaba que me invitara tan pronto, pero cuando me dijo que estaba un poco cansada acepté sin dudar. No iba dejar que se viniera sola.
Rose se nos quedó viendo con una sonrisa cuando salimos de la cafetería y apuesto a que hizo una llamada apenas estuvimos fuera del lugar. Mientras esperábamos un taxi, porque me dijo que Kinleigh le prohibió conducir y yo... sigo sin un auto, no dejé de verla ni un segundo. Creo que quizás la hice sentir incómoda, pero no pude apartar mis ojos de ella ni un segundo. Ni de su rostro ni de su vientre.
—¿Kin te dijo que esta era como tu casa también? —Asiento —. Entonces puedes dejar de ver todo como si fuese de oro, Alejandro. Mira, ahí está Elliot. —Señala hacia una caja de vidrio bastante grande donde habita una tortuga de tamaño mediano —. Porque me abandonaste con dos hijos, ¿sabías?
—¿Qué?
Su risa resuena por la estancia y a mi cabeza llegan un montón de momentos donde ella se está riendo de esta misma forma.
—Luego te hablaré de Elliot —dice con una sonrisa. Por momentos se muestra cómoda a mi alrededor y bromea —. Ven conmigo. —Su mano, pequeña y cálida, rodea mi muñeca.
Siento como si... como si algún tipo de corriente me recorriera desde esa zona que su mano toca hasta lo más profundo de mis entrañas. Hay un cosquilleo también y creo que a medida que me hace caminar detrás suyo por el pasillo hacia las habitaciones se me olvida cómo respirar correctamente. Sé que amé a Nora y en ocasiones, desde que descubrí más acerca de ella, creo que ese sentimiento no ha desaparecido.
Y aunque suena extraño se siente bien pensar que eso es lo que siento por ella aún. Amor. Es la única explicación para ese cosquilleo, los nervios, las jodidas mariposas, incluso que me genera pensar en ella. Peor aún tenerla cerca.
Abre una puerta de la habitación identificada con N de madera pintada de rojo y con dibujitos de cerezas. Algo muy ella. Algo que... la identifica.
En otras circunstancias, dudo de haber reparado en su habitación. Pero es imposible que no me llame la atención lo que tiene ahí a la par de su cama. Se me corta la respiración al detallar lo que hay en ese rincón.
—Leigh y James me la regalaron —dice al percatarse de lo que veo —. Y también compraron esas cositas de allá —señala una esquina donde hay una mesa con muchas cosas de bebé.