«No dejemos que nuestra historia termine como un cuento efímero,
hagámosla tender a infinito, yo sé que podemos:
nuestro amor es capaz de eso y más». -Manuel Ignacio.
*
Nora y Alejandro empezaron su relación como algo fugaz, algo de una noche.
Nora...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
CAPÍTULO 49 ALEJANDRO
A lo largo de mi relación con Nora estoy seguro de haberla visto de más formas de las que podría enumerar, pero tal como ese momento en el que la vi en la camilla del hospital con nuestro bebé en sus brazos vuelvo a decirme que es mi imagen favorita. Y la cambio cada nada al verla ya sea sentada con él, amamantándolo, bañándolo, vistiéndolo... no importa que haga, verla con él me fascina.
Pero ahora... ella dormida, despeinada, con mi camisa haciendo un trabajo muy inútil cubriéndola, con un brazo pasando por encima de Nathaniel desparramado en medio de nosotros, dormido también, me hace pensar que esta es mi nueva imagen favorita.
Es como un sueño diario del que no me quiero despertar. Estoy seguro de que Nora siempre ha sido como un jodido sueño del que nunca quiero salir, pero ahora es distinto.
Es muy distinto.
Ahora es algo que me llena el pecho de orgullo, de felicidad. Es algo que me hace sentir completo porque aunque no estoy seguro de mis pensamientos, sé que es algo que he querido desde que la conocí. Recuerdo mi vida antes de ella, recuerdo que prefería mi soltería a una relación seria, hasta que conocí a una mujer castaña, de tez morena y ojos verdes.
Ella no quería nada serio, yo acepté. Ella dijo que podíamos ver a otras personas, yo acepté, aunque nunca vi a nadie más desde que empecé a salir con ella. Nora fue un rubí para mí desde ese entonces: atractiva, preciosa e hipnotizante. Sigue siéndolo, solo que ahora tiene un compañero chiquito que acapara su atención y pasa pegado a ella veinticuatro horas y siete días de la semana.
Casi me siento celoso de no poder ser alguno de ellos dos, pero al fin de cuentas ambos son míos y me doy cuenta de que ya no tengo solo una piedra preciosa, ahora tengo dos. Cosa que me hace sentir el hombre más afortunado del planeta.
Solo me faltan mis recuerdos, pero eso es cosa del tiempo.
Nora se remueve en la cama, se estira y se pasa las manos por el rostro antes de darme una sonrisa somnolienta.
—¿Qué haces aquí aún? Pensé que te habías ido.
—Cancelaron la reunión.
Es mentira. No cancelaron nada, solo no quise ir a trabajar. Desde que Nora está en su casa mi día a día se ha basado en venir a dormir con ellos, ir a mi apartamento, bañarme, vestirme e ir al trabajo y volver aquí. Repito el mismo patrón al día siguiente. No me agrada mucho ir y venir, pero es lo que debo hacer si quiero mantenerlos. Aunque la verdad es que quiero pasar todo el tiempo que pueda al lado de Nora y Nathaniel porque ya me he perdido de mucho. Mi bebé ya tiene dos semanas de nacido y me hace darme cuenta de que el tiempo pasa demasiado rápido como para que yo dedique horas de más a estar encerrado en una oficina que puede funcionar perfectamente sin mí.
El trabajo puede esperar, mi vida con mi familia no.
Estos momentos en los que los observo mientras ellos son ajenos a ello me reprocho haberle fallado a Nora. Pude habernos evitado tanto si no hubiese puesto en duda lo que me decía. Por eso trato de pasar el mayor tiempo posible con ellos, para enmendar el tiempo que perdí. Porque me da miedo fallarle de nuevo.