«No dejemos que nuestra historia termine como un cuento efímero,
hagámosla tender a infinito, yo sé que podemos:
nuestro amor es capaz de eso y más». -Manuel Ignacio.
*
Nora y Alejandro empezaron su relación como algo fugaz, algo de una noche.
Nora...
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CAPÍTULO 41 NORA
Siento calor.
Mucho calor.
Siento una respiración pausada y cálida en la nuca, una mano debajo de mi cabeza y otra sobre mi vientre. Manos grandes y cálidas. También hay unas piernas enredadas con las mías. Y... ¿qué carajos es eso que siento contra las nalgas?
Pienso estúpidamente que es Kinleigh. Pero Kinleigh no tiene las manos grandes, ni los muslos tan gruesos y no tiene eso que se me pega a las nalgas.
Me remuevo entre el agarre de brazos y piernas que me rodea hasta que me giro completamente al lado contrario, quedando frente a la persona que me acompaña. El corazón se me detiene al caer en cuenta de que lo dejé dormir conmigo. De lo que hablamos anoche. Que le hablé sobre todos estos meses que no estuvo, le enseñé las fotos y le dije la historia detrás de cada una.
Y me insistió, me rogó por una cita. Una cita que quise negar. Una cita que no quería aceptar. No aún. Porque aunque sé que la culpable de todo fue su mamá, me da miedo confiar otra vez.
Me da miedo. Me da miedo ir a esa cita, que me revuelva los sentidos una vez más y me deje más claro que no he dejado de estar enamorada de él. Que mi odio ha sido inexistente, que lo amo más de lo que puedo decirle ahora mismo.
Puedo decirle que cambie de opinión. Sé que lo entendería, sé que me daría tiempo. Porque él siempre me ha dado tiempo.
Pero no soy cobarde.
Pero me da miedo.
Pero ya le dije que sí.
Pero puedo negarme.
Sacudo la cabeza y alejo la indecisión que me abarca en ese momento, y me permito disfrutar, por primera vez en meses su cercanía, sus brazos, su calor corporal, su olor fresco, su colonia cara. De la seguridad que me transmite solo tenerlo cerca.
Paso con sumo cuidado mi dedo índice por sus facciones relajadas, por sus cejas gruesas, su nariz recta, su mandíbula marcada y adornada con un rastro de barba de días. Alejandro nunca se deja la barba, pero no se ve mal. Al contrario, le sienta bien. Me pregunto si cuando sea mayor la dejaría crecer. Sería una copia exacta de su padre, con una barba salpimienta y el cuerpo conservado y fornido.
Dios, solo de pensarlo siento calor y me obligo a apretar las piernas.
Me enfoco de nuevo en pasear mi dedo por su piel: los vellitos crecientes de su barba me pican, pero desaparece cuando bajo el dedo por su cuello y delineo la cadena de oro. La cadena de la que cuelga la inicial de mi nombre. No me había percatado hasta anoche, que se desnudó ante mí, de que mi inicial estaba ahí. Paso el dedo por su pecho y luego subo a sus hombros, donde hay unas cuantas pecas y se divisa un poco de tinta negra. Tinta negra que adorna su espalda. Con el tatuaje que se hizo de mí.