«No dejemos que nuestra historia termine como un cuento efímero,
hagámosla tender a infinito, yo sé que podemos:
nuestro amor es capaz de eso y más». -Manuel Ignacio.
*
Nora y Alejandro empezaron su relación como algo fugaz, algo de una noche.
Nora...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
CAPÍTULO 44 NORA
Alejandro está acostado en la cama.
Yo estoy a horcajadas sobre él con sus manos sobre mis caderas haciendo pequeños círculos sobre mi piel desnuda. Mis manos están sobre su pecho, mis dedos rozan su cadena y mi mirada está fija en sus ojos grises, que bailan de mi rostro a mis tetas. Pero siempre vuelven a mis ojos.
No hacemos nada más que vernos. Nada más que acariciarnos. Solo estoy sentada sobre él, con su erección rozándome entre los muslos, pero con sus manos tocándome los muslos, las caderas, la cintura... el estómago con tanto cuidado, con tanta delicadeza y con tanto jodido amor.
Es tanto que duele.
—¿Estás bien? —susurra —¿Estás cómoda?
Asiento.
—¿Tú estás cómodo? —pregunto y me acomodo sobre sus muslos. Cierra los ojos y inhala con dificultades cuando al moverme me rozo contra él —. Yo no... sé que no estoy como antes y no quiero...
Lleva una de sus manos a mi rostro, acunándolo y ahora, dejando caricias en mi mejilla con su pulgar.
—Amor. En este momento estoy lo más cómodo que he estado en toda mi puta vida. —Me tiemblan los labios cuando sonrío —. Pero si tú no estás cómoda, dímelo y buscaremos la posición en la que lo estés. Porque, mi vida, lo único que quiero en este momento es hundirme en ti y demostrarte lo mucho que te he amado y necesitado en todos estos meses.
Me inclino sobre él tanto como mi cuerpo me lo permite y paseo mis manos por su pecho.
—Estar encima de ti es de mis cosas favoritas, Alejandro.
—Entonces estamos de acuerdo en eso, amor. No tienes ni idea de lo bien que te ves aquí. Encima de mí, retorciéndote cada vez que te rozas contra mí, con ese rubí colgando en medio de tus tetas perfectas —lleva sus manos a mis senos, rodeándolos y sus manos lucen llenas con mis tetas entre ellas —. Mi cuerpo sigue amoldándose al tuyo como dos jodidas piezas en un rompe cabezas, Nora. —Roza mis pezones con sus pulgares —. Ahora por favor, por favor, déjame hundirme en ti. Déjame ver qué tan apretada sigues siendo. Déjame amarte, amor.
Me tiemblan un poco las piernas cuando me levanto y apoyo mi peso en las rodillas, para después, con una mano, sujetar el pene erecto de Alejandro y alinearlo en mi entrada. Han pasado un par de minutos desde que cambiamos de posición, desde que se negó a correrse, pero sigue duro como una piedra, con líquido saliendo de la punta y mojado por mí lubricación, lo que hace más fácil el trabajo de deslizarme hacia abajo, sobre él.
Se siente como una jodida primera vez. Es lento y siento cada parte de mi interior abrirse paso ante él. Ambos gemimos en el proceso y me temo que me quedarán marcas en los muslos de lo fuerte que se hunden sus dedos en mi piel. Casi igual que las marcas que dejan mis uñas, pintadas de rojo vino, en su pecho.