«No dejemos que nuestra historia termine como un cuento efímero,
hagámosla tender a infinito, yo sé que podemos:
nuestro amor es capaz de eso y más». -Manuel Ignacio.
*
Nora y Alejandro empezaron su relación como algo fugaz, algo de una noche.
Nora...
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CAPÍTULO 43 NORA
Todo el viaje al apartamento de James para dejar a Kinleigh fue silencioso. Incómodo. Tenso. Alejandro ni siquiera me mira ahora que estamos solos en su auto y yo quiero que me vea.
Por alguna razón quiero decirle que no hubo nadie más en todos estos meses y que no malinterprete las palabras de Eli. Aunque no tengo por qué darle explicaciones.
Sí dije más de una vez que él me había dejado, pero era porque quería convencerme y hacer más fácil mi trabajo para sacarlo de mi vida porque ya no quería llorar por él. Nunca lo dije con el desprecio que Eli empleó, lo dije desde el dolor de pensar que mi novio, el hombre que me tenía perdidamente enamorada, el hombre al que había dado mi corazón en bandeja de oro, me había abandonado.
Quiero decirle que lo entiendo, que no lo odio y que aunque parezca muy poco tiempo, lo perdono porque comprendo que nada fue su culpa. Que él no llegó ese día no por elección sino porque la vida se atravesó.
Pero no voltea a verme.
Su mandíbula está tensa. Sus nudillos están blancos en el volante. Su cuerpo entero está rígido. Y yo solo quiero que me vea.
—Lo siento —murmuro.
—No hay nada que sentir.
Sigue sin verme.
—Sí hay...
—No, amor. Todo está bien.
Entonces hay más silencio. Es un poco incómodo y quiero llenarlo porque con Alejandro nunca hay silencios incómodos, pero creo que por primera vez en mi vida a su lado, no sé qué decir.
Hasta que veo que no vamos a mi apartamento.
—¿Dónde vamos?
—Pensaba llevarte a comer —suelta —¿Quieres ir al restaurante o pedimos para llevar?
Sigue sin verme.
—¿Cómo están tus pies? —pregunta antes de que yo pueda contestar.
Le pedí a Kinleigh ahora unas chanclas o un par de zapatos más cómodos que las sandalias de tiras que llevaba puestas porque tenía los pies inflamados. Pero eso fue hace un buen rato y... veo mis pies.
—Igual.
—Iremos a casa, entonces.
A casa.
Como algo que nos pertenece a ambos. A casa.
Llama al restaurante y cuando escucho el nombre reconozco que es aquel restaurante chino al que me llevo a cenar para San Valentín. Hace un año. Porque el 14 de febrero que acaba de pasar lo pasé viendo películas románticas y llorando. No le digo nada, pero sonrío.