«No dejemos que nuestra historia termine como un cuento efímero,
hagámosla tender a infinito, yo sé que podemos:
nuestro amor es capaz de eso y más». -Manuel Ignacio.
*
Nora y Alejandro empezaron su relación como algo fugaz, algo de una noche.
Nora...
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CAPÍTULO 47 NORA
Una semana después y finalmente estoy pisando el suelo de mi casa. Es decir: mi apartamento con Kinleigh. Camino como una tortuga: despacio porque la cesárea me duele. Parezco Elliot, lo juro. Lo único bueno es que finalmente podré dormir en mi cama y no en la camilla del hospital.
Alejandro camina detrás de mí, con el portabebés en una mano, de una manera tan natural que nadie diría nunca que es la primera vez que lo hace.
Todo lo que pensé cuando lo vi salir del hospital vestido tan casualmente con una sudadera y unos joggers, el portabebés colgando de una mano y caminando a mi lado mientras una enfermera empujaba mi silla de ruedas fue en querer hacer otro bebé con él.
Le luce esta nueva faceta y apenas va una semana, no sé qué será de mí en todos los años que nos faltan.
—Hola, amigo —saludo a Elliot cuando llego a su encierro —. Ya tu hermanito está aquí, ¿sabes? Y Alejandro se ve guapísimo cargándolo. Te lo presentaremos luego si prometes no hacer amago a morderlo.
Una risa ronca se escucha a mis espaldas.
—Gatita —me llama —. Deberías descansar.
—Llevo descansando desde que sacaron a Nate de mi estómago, Ale.
—Amor, te cortaron capas de piel. Debes descansar, tú sabes eso mejor que yo.
Ruedo los ojos.
Estoy cansada de estar acostada. Solo me levanto para ir al baño y me siento para comer, pero aparte de eso, me la he pasado acostada intentando que Nathaniel tuviera un buen agarre en mi teta e intentando que le leche realmente cayera en su estómago. Ha sido difícil, porque no solo fallé en parirlo sino en alimentarlo.
No sé qué tan buena pueda ser en esto, a decir verdad.
A Alejandro parece salirle natural todo lo que tenga que ver con él, pero yo... siento que algo me falla. Que yo fallo. Quiero ser buena, quiero ser igual de buena como lo fue y es mi madre con mis hermanos y conmigo. Sé que soy medianamente buena porque hay momentos en los que el bebé llora y cuando me lo dan, se calma.
Además, soy la única que puede darle teta.
—Iré a descansar si me dices finalmente qué diablos te pasó en la cara. —Tiene un moretón en la mandíbula y el tabique de la nariz de un color rojizo. No ha querido decirme que le pasó desde que un día después de todo, le pregunté.
Resopla y deja la el portabebés sobre el sofá.
—Tu hermano pasó, Nora.
—¿Greg? —Asiente —. Ese idiota. Le dije que no te hiciera nada.
—No pasa nada. —El quejidito que suelta Nathaniel nos hace a ambos girar la cabeza para verlo, pero nuestro niñito solo se encoge y se acomoda en la silla —¿Quieres que haga algo de comer?