«No dejemos que nuestra historia termine como un cuento efímero,
hagámosla tender a infinito, yo sé que podemos:
nuestro amor es capaz de eso y más». -Manuel Ignacio.
*
Nora y Alejandro empezaron su relación como algo fugaz, algo de una noche.
Nora...
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CAPÍTULO 38 NORA
Ahora la que se ha quedado sin habla, soy yo.
La semana pasada que Kin me dió el número de Alejandro no le escribí al instante. Lo hice como a las dos de la madrugada porque no podía dormir pensando en que lo tenía más cerca de lo que lo había tenido en meses. Eso y que Nate no dejaba de moverse. Entonces, por ahí de las 3am volví a escribirle la primer hora y día que se me cruzó por la mente.
Hoy.
Pero en ninguno de los escenarios que pude crear imaginé que su excusa fuese esta. O yo quiero creer que es una excusa.
Amnesia.
Tuvo un accidente y perdió la memoria. Se olvidó de mí. De nosotros. De lo que fuimos. ¿Por qué no pudo olvidarse de la perra de su madre?
Sacudo la cabeza, incrédula. Tiene que estar bromeando. Debe de estar bromeando.
Su mirada gris cristalizada me está rompiendo. Yo no esperaba encontrarme con un Alejandro tan... él, pero tan distinto, perdido, confundido. Veo su manzana de Adán subir y bajar cuando traga, y segundos después se está limpiando las lágrimas con la manga del sweater negro que lleva puesto.
Es mi Ale.
Pero... no es mi Ale porque no me recuerda.
—Nora —susurra y sus manos sobre la mesa vacilan entre si sujetar las mías o no —. Yo venía —sus dedos rozan los míos. Un cosquilleo me recorre el cuerpo y partes que crei muertas en mi interior, parecen revivir —, yo venía, lo juro. Hasta hace poco recordé, a medias, que te llamé. Yo te llamé. Yo susurré tu nombre. Pero los momentos antes y después del accidente... —sacude la cabeza —. No lo recuerdo. A veces son solo momentos borrosos que no entiendo, pero en medio de ellos hay una sola cosa que he tenido muy clara.
Le doy una mirada fugaz. Me siento incapaz de verlo a los ojos, de que me vea a los ojos. No quiero que me vea llorar y tampoco quiero verlo a él de esa forma. Alejandro suele ser feliz, siempre con una sonrisa bonita y coqueta en su rostro, con los ojos chispeantes de emoción y con una actitud relajada.
El hombre frente a mí no se ve tan contento como antes, su sonrisa no está, sus ojos se ven opacos y su actitud si bien está un poco relajada, también es tensa.
—¿Qué? —musito.
—Tú —responde y esta vez su roce en mis dedos no es accidental. Su tacto me quema y me hace darme cuenta de lo mucho que he anhelado sus caricias a lo largo de mi cuerpo y sus brazos a mi alrededor —. No recuerdo muchas cosas y cuando lo hago, me agobio por no entender que es lo que estoy recordando, pero entonces apareces tú. Si bien no fue hasta hace unos días que Kinleigh me mostró fotos que vi finalmente tu rostro, siempre has estado ahí. Tus ojos bonitos y tu sonrisa preciosa siempre han estado ahí. Estás en mi casa y a cada lado al que voy, Nora. No te recuerdo, pero tampoco te olvido.