El salón se fue llenando poco a poco, con gente elegantísima, copas de champaña, y risas suaves que se mezclaban con la música en vivo. Había luces tenues por todo el techo, como si estuviéramos bajo un cielo lleno de estrellas. Yo intentaba no quedarme mirando a nadie por mucho rato, aunque algunos de los vestidos merecían una ovación.
Fernando me había ofrecido otra copa de vino, pero preferí quedarme con la mitad de la que ya tenía. No quería terminar hablando de más o riéndome como foca en plena gala.
En medio de todo eso, una parte de mí seguía pensando en la rubia. Caroline. Qué nombre tan elegante. No había dicho exactamente qué era para Fernando, pero su actitud decía mucho. Esa familiaridad, esa sonrisa segura, el tonito. No sé. Me dejó una espinita.
—¿Todo bien? —preguntó Fernando, sentándose a mi lado mientras me acomodaba un mechón detrás de la oreja.
—Sí, solo estoy... observando el ambiente. Es todo tan distinto a lo que estoy acostumbrada —dije, mirándolo de reojo.
—Lo estás manejando muy bien —dijo él, con ese tono bajo que usaba cuando quería que solo yo lo escuchara—. Todos han quedado encantados contigo.
Mi corazón dio ese pequeño salto tonto que últimamente hacía cada vez que él me hablaba así. Respondí con una sonrisa discreta y miré hacia la pista de baile, donde algunas parejas ya se animaban a moverse lentamente.
—¿Crees que bailaremos esta noche? —le pregunté, como quien lanza una pregunta casual sin mucho peso, aunque por dentro tenía todas las alertas encendidas.
Él me miró como si lo estuviera retando.
—¿Quieres bailar?
—Tal vez... más tarde.
—Entonces, más tarde bailamos —respondió, como si fuera un trato cerrado.
Y así, seguimos charlando con la familia, con amigos de los padres de Fernando, con algún que otro personaje importante que venía a saludar. En uno de esos momentos, vi a Isabella pasar junto a Valentina, las dos luciendo espectaculares. Isabella nos guiñó un ojo al pasar y Valentina me sonrió con complicidad. A pesar de lo surreal que era todo, me sentía bien.
Más tarde, cuando la música cambió a un ritmo más suave, Fernando se levantó de la mesa y me ofreció la mano.
—Ahora sí —dijo simplemente.
Tomé su mano, dejando que me guiara hasta la pista de baile, sintiendo las miradas sobre nosotros. No porque fuéramos importantes, sino porque era imposible no notar cómo él me miraba. Como si de verdad me perteneciera. Como si yo fuera algo más que su "esposa por contrato".
La música suave nos envolvía mientras bailábamos. Él tenía una mano en mi cintura y la otra sostenía la mía con firmeza, pero sin apretar. Nos movíamos despacio, casi flotando, y por un momento me olvidé de todo lo demás.
Hasta que la vi.
Caroline.
Estaba al otro lado del salón, con una copa en la mano y los labios pintados de un color discreto, pero su expresión no tenía nada de sutil. No sonreía. Ni siquiera fingía hacerlo. Nos miraba fijamente, a Fernando y a mí, como si intentara descifrar lo que había entre nosotros... o como si simplemente no le gustara lo que veía.
Y entonces, algo hizo clic en mi cabeza.
¿Por qué tenía que importarme lo que pensara ella? ¿O cualquier otra persona en esa gala?
Esta noche yo era su esposa. Esta noche me veía hermosa, estaba feliz, y estaba bailando con Fernando, quien no había dejado de mirarme como si no existiera nadie más en la habitación.
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Propuesta Laboral ©
RomanceTras graduarme en secretariado ejecutivo, decidí dar un giro a mi vida y mudarme de Madrid a Medellín, Colombia, en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, la realidad me golpeó cuando descubrí que encontrar trabajo no era tan sencillo como me h...
