El trayecto de regreso a mi casa fue silencioso. Fernando mantenía la mirada fija en la carretera, sus manos firmes en el volante, y yo, a su lado, miraba por la ventana, intentando no pensar demasiado. Sentía que había tantas cosas que quería decirle, pero ninguna parecía tener sentido en ese momento. Así que, como siempre, me limité a quedarme callada.
Cuando llegamos, él se estacionó frente a mi edificio y bajó para ayudarme con mis maletas.
— Bueno, aquí estamos —dijo, dejando las maletas junto a la puerta.
— Gracias por traerme —respondí, con una sonrisa tímida.
— No tienes que agradecer. Es lo menos que podía hacer después de todo lo que hiciste por mí.
Sentí su mirada fija en mí por un momento, como si quisiera decir algo más, pero al final solo respiró profundo y me dedicó una de esas pequeñas sonrisas que rara vez le veía.
— Descansa, Sofía. Si necesitas algo, ya sabes cómo encontrarme.
— Claro —dije, asintiendo, aunque sabía que no iba a llamarlo.
Cuando se giró para regresar al auto, no pude evitar quedarme ahí, mirándolo por un segundo más de lo necesario. Una parte de mí se sentía aliviada de estar de vuelta en mi mundo, pero otra... bueno, otra se sentía extraña al despedirme de él.
Un par de semanas después
La vida volvió a la normalidad rápidamente. Pasé mis días trabajando, pasando tiempo con mis amigos y disfrutando de la tranquilidad de mi pequeño apartamento. Lisa y Castiel estaban casi siempre cerca, y Leo seguía siendo esa constante divertida que siempre lograba sacarme una sonrisa. Todo estaba bien... o eso pensaba.
Esa noche, Lisa y Castiel habían decidido organizar una cena en mi casa. Habían salido a comprar unas cosas que faltaban, dejando a Leo y a mí solos en el apartamento. Estábamos en la sala viendo una película, riéndonos de lo mala que era, cuando el sonido del timbre interrumpió nuestra conversación.
— Yo abro —dije, levantándome del sofá mientras pensaba en voz alta—. ¿Lisa habrá olvidado sus llaves?
Caminé hasta la puerta con tranquilidad, segura de que sería Lisa y Castiel regresando con las bolsas del súper. Pero cuando abrí, en lugar de encontrarme con su sonrisa habitual, vi a Fernando, parado ahí con su porte impecable y ese aire que siempre me hacía sentir como si algo importante estuviera a punto de suceder.
— ¿Fernando? —pregunté, tratando de disimular la sorpresa en mi voz.
Él me miró fijamente, como si estuviera evaluando mi reacción antes de hablar.
— Hola, Sofía.
Por un momento me quedé en blanco, y no fue hasta que vi cómo su mirada pasaba detrás de mí, hacia la sala, que recordé que Leo estaba ahí.
— ¿Puedo pasar? —preguntó, su tono educado pero firme.
— Claro, pasa —respondí, haciéndome a un lado mientras intentaba procesar qué estaba haciendo Fernando en mi puerta.
Cuando entró, el ambiente cambió de inmediato. Leo, que hasta ese momento estaba relajado, dejó de comer las papitas que había sacado y se puso de pie, algo tenso.
— Fernando, él es Leo, mi amigo —dije rápidamente, tratando de que mi tono sonara lo más natural posible mientras los presentaba oficialmente.
Fernando levantó una ceja, apenas perceptible, pero su expresión seguía siendo neutral
— Fernando Woodley, un gusto —dijo Fernando, con su habitual seriedad, alargando la mano para saludar a Leo.
Leo la estrechó sin dudar, aunque su tono de voz era algo más relajado que el de Fernando.
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Propuesta Laboral ©
RomanceTras graduarme en secretariado ejecutivo, decidí dar un giro a mi vida y mudarme de Madrid a Medellín, Colombia, en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, la realidad me golpeó cuando descubrí que encontrar trabajo no era tan sencillo como me h...
