Capítulo 37

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Habían pasado poco más de dos semanas desde que volví a la oficina, y si alguien me hubiera preguntado, habría jurado que todo lo de Inglaterra fue un sueño raro inducido por té inglés y exceso de tensión emocional. Todo volvió a ser exactamente igual. Los mismos pasillos, los mismos saludos educados, los mismos reportes que nadie lee del todo pero que todos exigen.

Y Fernando... bueno, Fernando también volvió a ser el mismo. El mismo jefe impecable, puntual, con camisas planchadas y emociones cuidadosamente guardadas bajo siete llaves. No hubo gestos raros. No hubo silencios incómodos. De hecho, ni siquiera hubo silencios. Solo trabajo.
Formalidades.
"Señorita Evans, necesito el informe antes del mediodía."
"Señorita Evans, por favor coordine la reunión con el equipo legal."
Como si nunca hubiéramos compartido una cama, un desayuno en bata, ni una cena fingiendo ser una pareja perfecta. Como si mi cabeza no siguiera reviviendo esos días una y otra vez, buscándole sentido a miradas que tal vez nunca significaron nada.

Al principio, pensé que era su manera de protegernos, de marcar límites para que ninguno cruzara la línea. Pero con los días... no lo sé. A veces sentía que lo nuestro, ese algo que no sabía nombrar, ni siquiera había existido para él.

Y yo, por supuesto, hacía mi parte. Jugaba el mismo papel de siempre: profesional, puntual, sonriente lo justo, invisible cuando era necesario. Como si no se me rompiera un poquito el alma cada vez que me decía "buenos días" con ese tono neutral que usaba con todos.

Porque eso éramos ahora: todos. Nada. Nadie.

Esa noche, cuando llegué al apartamento, Lisa ya estaba tirada en el sofá, usando una mascarilla verde en la cara y un bowl gigante de palomitas como acompañante. Tenía el control remoto en una mano y el celular en la otra, y al verme entrar levantó una ceja.

—¿Y? ¿Hoy te habló más de una oración?

—Me dijo "buenos días". —Me dejé caer a su lado con un suspiro dramático—. Creo que eso supera mi récord de esta semana.

—Increíble. ¿De verdad este hombre durmió contigo en la misma cama, en la misma casa, y conoció a tu versión despeinada y en pantuflas? Porque lo disimula como un campeón.

Me tapé la cara con un cojín.

—No sé si me molesta más que finja que nunca pasó nada... o que a veces yo también quisiera hacer lo mismo, pero no puedo.

Lisa se acomodó para mirarme más de frente.

—¿Y si no está fingiendo? ¿Y si de verdad él lo ve como un trabajo bien hecho y punto?

—Eso es lo que me repito cada mañana. Que fue un contrato. Que era parte del trato. Que todo terminó. Pero a veces... no sé, hay momentos raros.

—¿Como?

—Como cuando pasa por mi escritorio y su mirada se detiene un segundo más. O cuando estamos en la misma sala y, sin decir nada, sé que se dio cuenta de que estoy ahí.

Lisa chasqueó la lengua y tomó una palomita.

—Ay Sofi... esos "segundos de más" son peligrosísimos. Te hacen armar castillos con miradas. Mira que te lo digo yo, que ya pasé por eso.

La miré de reojo.

—¿Y qué hiciste tú?

—Me compré una planta. —Se encogió de hombros—. Y la llamé "Expectativas". Luego la dejé morir. Fin de la metáfora.

No pude evitar reírme, aunque su tono era más serio de lo que esperaba.

—¿Y qué hago entonces?

—No lo sé, pero si vas a seguir trabajando con él, durmiendo con esa duda en la cabeza no es opción. Vas a tener que enfrentarlo. O superarlo.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora