El bullicio del jardín se convirtió en un ruido de fondo que pareció alejarse por unos segundos, como si el mundo entero hubiera bajado el volumen de golpe. La calidez del brazo de Fernando rodeando mi cintura de forma tan natural, el peso ligero del pequeño Javier apoyado en mi hombro y, sobre todo, la mirada completamente ablandada de mi padre crearon una burbuja de paz que no recordaba haber sentido en años. Por un instante, me olvidé del contrato que descansaba en un cajón de su departamento en Medellín. Me olvidé de las cláusulas, de las apariencias y de que todo esto había empezado como un negocio de beneficio mutuo. Por un instante, me permití habitar esa fantasía y respirar hondo, guardando el olor del césped recién cortado y las notas amaderadas del perfume de Fernando como si fueran un tesoro que necesitaba proteger.
El encanto se rompió cuando la voz potente de mi abuela Carmen resonó desde la entrada de la casa, interrumpiendo la música que sonaba de fondo en la terraza.
—¡A la mesa todo el mundo, que la paella ya está lista y el arroz no espera a nadie! —anunció, sosteniendo un enorme trapo de cocina entre las manos y mostrando esa autoridad única que solo las abuelas poseen cuando se trata de la comida familiar.
El jardín se activó de inmediato. Mis primos dejaron de lado el juego, mis tíos comenzaron a caminar hacia las mesas largas que Fernando y mi padre habían acomodado bajo la sombra de los árboles del patio, y el ambiente se llenó del tintineo de los vasos, las risas flojas y el movimiento de las sillas.
Camila se acercó a mí con paso rápido y una sonrisa de total agradecimiento, extendiendo los brazos para recuperar a su bebé.
—Gracias, Sofi. De verdad me salvaste la vida, ya pude dejar todo acomodado adentro de la casa —me dijo en voz baja, tomando a Javier, quien soltó un pequeño balbuceo al separarse de mí—. Anda, ve a sentarte con Fernando antes de que mis hermanos se ganen los mejores lugares y nos dejen sin espacio.
—No hay de qué, Cami, es un amor de bebé —le respondí, sintiendo de repente los brazos extrañamente vacíos y un poquito de frío a pesar del clima templado del mediodía.
Al darme la vuelta, me di cuenta de que Fernando seguía justo a mi lado, observando la escena con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Su mirada se cruzó con la mía, y por la forma en que me recorrió el rostro, supe que él también había notado el cambio en el ambiente, y quizás, la intensidad de los comentarios que nos acababa de soltar mi tío Alberto sobre el futuro.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, inclinándose un poco hacia mí para que su voz no se perdiera entre el ruido de los demás.
—Sí, todo bien —asentí, regalándole una sonrisa pequeña que intentaba ser lo más normal posible—. Solo que el domingo familiar avanza a mil por hora cuando te descuidas. Vamos a la mesa, que si mi abuela nos ve parados aquí platicando, nos va a poner a cargar las jarras de agua.
Fernando soltó una risa corta, ese sonido bajo que siempre me provocaba un cosquilleo en el estómago, y caminó junto a mí hacia la mesa principal.
Acomodarse en una mesa con tanta gente de mi familia siempre era una experiencia caótica pero llena de vida. Las bandejas de ensalada pasaban de mano en mano, los platos rebosantes de paella humeante se distribuían entre pláticas cruzadas, y mi madre se encargaba con una sonrisa de que nadie se quedara con la copa vacía. Sin embargo, lo que más me llamó la atención en ese momento no fue el delicioso sazón de la comida de mi abuela, sino la forma en que nos habíamos sentado.
A mi derecha estaba Fernando, luciendo cómodo, respondiendo con total paciencia y fluidez a las preguntas de mi tío sobre temas de trabajo y finanzas. Y justo frente a mí, al otro lado de la mesa, estaba mi padre.
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Propuesta Laboral ©
RomansaTras graduarme en secretariado ejecutivo, decidí dar un giro a mi vida y mudarme de Madrid a Medellín, Colombia, en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, la realidad me golpeó cuando descubrí que encontrar trabajo no era tan sencillo como me h...
